OTRA COSA LA NOSTALGIA






Cuando dirigimos la mirada hacia el pasado, contemplamos tumbas y ruinas, montones de escombros. Pero ocurre que también nosotros somos víctimas del espejismo del tiempo: pensamos avanzar hacia adelante y progresar, cuando en realidad nos estamos moviendo hacia este pasado. Pronto le perteneceremos: el tiempo pasa sobre nosotros, nos deja atrás. Esta tristeza arroja su sombra sobre el historiador...
Ernst Junger. Eumeswil

En el lugar de la nostalgia apareció una enfermedad. Cuando se está en ninguna parte, creemos suplir con la nostalgia (esa cosa pequeña como la vida de un hombre), la antigua ensoñación del Paraíso. (¡Qué lejos se nos antoja Jhon Milton!). Pero el paraíso es Paraíso exactamente por eso, porque está perdido y es inalcanzable; no obstante, abrigamos la inclinación casi natural -y si se quiere despreciable por tan obvia- de regresar a él, a la edad primera. Ille tempore. (Una y otra vez la niñez ha servido para otorgarle a la mera especulación del paraíso una presencia concreta, presencia que, dicho sea de paso, no necesita).

Siempre que hablamos del paraíso, hablamos de regresar, de recobrarlo, como si ya hubiésemos estado allí, cosa bastante vaga y amiga de las peores confusiones. (Fuimos niños, pero lo hemos olvidado... Tenemos algunos recuerdos, retazos de algún paseo, un rostro, un accidente... El resto es invención, "y sólo es real lo que no podemos inventar".)

El vientre materno, su oscuridad, su tibieza, es, de las muchas metáforas del paraíso -una vez despreciada la de la niñez, como cabía esperar, por trivial e inconsistente- una de las más recurrentes, y, al parecer, todas las demás -la casa, el hogar, etc.- son reductibles a ella. (No parece posible que exista un poeta que no la haya insinuado en una línea al menos; parece imposible que la noción misma de Noche prescinda de esa noche absoluta).

La historia la escriben nuestros temores y esperanzas; semejante idea debió privar en la fábrica de la vieja metáfora del paraíso. La historia es una herida que no cierra, y el terror a cerrarla definitivamente -la total desaparición que muy pocos desean con seriedad- es mayor al terror de su prolongado infinito. De modo, pues, que hemos preferido vérnosla con ese pequeño terror familiar (... segundos, minutos, horas, días, meses, años...) que nos excede y que imaginamos abatido delante de nosotros.

En el pasado dimos en soñar que las cosas volvían. Imaginando su retorno creemos mitigar el miedo a perderlas, y con ellas, a perder el Tiempo. (Imaginando su retorno -el retorno de las cosas es también el retorno del tiempo en que éstas fueron posibles- acariciamos fugazmente la idea de su virtual detención).

Al imaginar, pues, que éramos una raza y que nos pertenecían -(la idea de Imperio lleva ínsita la de eternidad)- las eras, los milenios, las centurias, las dinastías, nos aferramos a la idea de fijar en criptas, tapices, columnas historiadas, en millones de páginas, el retorno del Emperador Amarillo. Imaginamos así una raza -la humana- atravesando las edades, registrando su paso minuciosamente... (Hace miles de años un pueblo soñó una y mil noches. En 1922 un hombre soñó un día en Dublín.)

Hoy, más abismados que espectadores, padecemos el convulso y desordenado advenimiento de muchos siglos; toneladas de tiempo se volcaron de pronto y el siglo se partió en pedazos. El Tiempo saltó adelante, aplastándonos. Así, otra cosa y no la nostalgia, vino precariamente a compensar el descalabro, a llenar de fantasmas humanos -de tibios reflejos- el vacío dejado por la ausencia de vida.

La nostalgia es una estación en la tarde. El Paraíso, superficial y desesperadamente, sin otra carga telúrica que la ternura y las lágrimas, fue relegado al mundo de los niños y al más vago aún de la adolescencia, territorios que ya nadie acepta ni quiere para sí.

Lo que llaman nostalgia es apenas un relente de los vigorosos esfuerzos -(entonces los dioses asistían las vastas empresas humanas, ¿o eran vastas por la presencia de los dioses?)- por triunfar de la muerte, de su indetenible fragor ciego.

Al sueño del paraíso, le sucede hoy -aquí y ahora- la parálisis, la ausencia de nombre. Para quien está en ninguna parte, la nostalgia es la única idea de tiempo concebible; y a ella se aferra, más triste que vivo.

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