martes, 10 de abril de 2018

Del callejón sin salida y de otras suertes


Por Orlando Villalobos

Esta guerra de baja intensidad, desatada para triturar y acabar con la idea de lo colectivo y comunitario, incluso de lo familiar, y de paso borrar y erradicar al proyecto político bolivariano, se materializa a veces por vía directa, mediante acciones violentas programadas y ejecutadas, y por vía indirecta, mediante las pulsiones anómicas que naturalizan el desmantelamiento de normas, formas, costumbres y tradicions. Se busca arrasar con todo y algo de eso estamos viendo y padeciendo en estos tiempos.
Si los que se creen dueños de todo, y del país, no pueden dominar formalmente porque no ganan las elecciones, recurren a la vía de facto y a la desestabilización social y política.
Son obvias las acciones directas de la violencia pagada y financiada, por grupos paramilitares made in Colombia y por mafias locales, que controlan el tráfico de drogas y de personas, el dinero físico, y la venta y compra de medicinas y alimentos, el sometimiento de las emociones, y de todo lo que pueda ser convertido en mercancía.
Corren libremente las tendencias anómicas y desarticuladoras. En lugares públicos si hay desechos se lanzan más, se hurtan, roban y sabotean los cables de electricidad y de teléfono; se atacan semáforos, las escuelas son blanco fácil y desprotegido para la delincuencia… los límites se confunden y eliminan. Es el capitalismo salvaje en vivo y directo, aparentemente incontenible. Todo esto favorecido desde la complicidad y la indolencia del Estado. En Maracaibo por meses se dejó que se inundara de desechos orgánicos y sólidos, que el fenómeno violento de las guarimbas destruyera el patrimonio de la ciudad, como si nada importara. Lo que ocurre con los cuerpos policiales y militares es un capítulo aparte. Es público, notorio y dramático que en lugar de ayudarnos y protegernos van en contra de lo ciudadano, en la medida que se juntan con el delito, lo protegen y viven de sus pagos y dádivas. En la ciudad no hay policías suficientes, ni las policías tienen recursos –vehículos, helicópteros, armas, salario justo y digno- para cumplir sus labores, porque eso forma parte de un plan privatizador. El que tiene una empresa le paga “vacuna” a los grupos parapoliciales y a los propios policías. Lo militares están pero no para lo que deben estar. Por las alcabalas pasan toneladas de productos venezolanos para Colombia y Curazao. Quién no lo sabe. Las policías son desmanteladas para de manera simultánea privatizar la seguridad. ¿Quieres seguridad? Entonces paga seguros, ”vacunas”, cierra tu calle, ponle rejas a tu patio y a tu casa, privatízate, aíslate, aléjate de tus vecinos y de tu comunidad.
Esta lucha desigual se libra en calles, avenidas y esquinas, pero principalmente en nuestras casas y en la comunidad. Allí lo ganamos y lo perdemos todo. Los robos y ataques a las escuelas, a los escasos espacios públicos como plazas y parques, la siembra del micro tráfico de drogas, la conquista de adolescentes y jóvenes para redes de prostitución y droga, lo ejecuta la mano fría, despiadada y cruel de malandros y delincuentes que actúan en el barrio a sus anchas, con la complicidad de la policía, que de vez en cuando pasa a recoger su tajada, pero sobre todo una comunidad que no valida ese concepto de poner asuntos en común; una comunidad en la que cada quien busca encerrase en el supuesto “bienestar” de su casa y en la representación de la realidad que recibe por vía de las pantallas –celular, tableta, computadora, televisión-. El tejido comunitario se deshace y deja el camino despejado para las redes perversas.
Las formas dejaron de tener valor y en lugar de ciudadanía tenemos ese discurso de la sobrevivencia, que lo identificamos no tanto por lo que se dice, sino por gestos y acciones desciudadanas e inhumanas. A veces las palabras políticamente correctas ocultan las intenciones colonizadoras y depredadoras.
Las consecuencias de la anomia y de la desarticulación de lo ciudadano están a la vista. Golpean lo material pero esencialmente buscan dejar sin arraigo la conciencia, para dar paso a la desmoralización y al discurso del callejón sin salida. Las frases que se repiten lo registran. Todo se vale. Nada importa. Como vaya viniendo vamos viendo. Suerte te dé dios que el saber nada te vale. Este es el asunto crucial porque tarde o temprano se pueden comprar los semáforos que hacen falta, invertir para tener una mejor electricidad, o quizás podamos volver a tener cables para que nos llegue Internet directamente a nuestras casas, pero lo jodido está en recuperar el saber ciudadano, que sabe de convivencia, la confianza en el otro y la solidaridad. Es sin duda la parte más complicada de esta ecuación.
No es tarea fácil la que tenemos por delante. Hay que trabajar desde donde estamos: la casa, la escuela, el trabajo, el consejo comunal, una institución de gobierno. En fin. Las políticas desde el gobierno bolivariano son indispensables, las benditas políticas públicas, que uno espera que merezcan ese nombre. Pero lo fundamental está en la organización popular y colectiva, en la comunidad, para resistir, oponernos a este neoliberalismo que se traduce en frases trilladas, y para pensar con cabeza propia y movernos con agenda propia. No la que nos dicen los medios, no el rumor o la noticia falsa que dicen las redes digitales, sino la que se mueve con nosotros y se construye con nuestras manos.
Falta mucho camino por recorrer. Falta más organización popular para que la idea del poder popular que actúa, siembra, cosecha, produce y hace contraloría social se concrete y no sea una consigna de ocasión.
Es urgente apoyarse en nuevos saberes y prácticas renovadas para empezar a superar el clientelismo; el “papá Estado” que todo lo da y nada pide a cambio; es urgente una ética revolucionaria que permita combatir la corrupción y el burocratismo.
Necesitamos más consejos comunales, comunas y CLAPS, no para esperar beneficios del gobierno, sino para buscar y construir soluciones desde la propia comunidad y desde nosotros mismos. Necesitamos que los CLAPS no sean solo los lugares a los que vamos a buscar un beneficio, sino que sean espacios de reunión, conversación y tareas y trabajos compartidos. Necesitamos más espíritus críticos y menos adulantes. Solo así podemos ir creando el tejido social solidario y regenerador que nos hace falta, para renovar la esperanza del presente y del futuro. Nadie lo hará por nosotros.

domingo, 8 de abril de 2018

sábado, 7 de abril de 2018

Producción socialista para vencer a los medios del capital

Me invitaron a participar hoy sábado a las 12 en el programa Real y Medio de VIVE Televisión, moderado por Javier Parra. El programa transcurre en un kiosko de periódicos y revistas y la verdad consistió en una conversación muy sabrosa, en la que se metían y dialogaban todos los ruidos de la calle. En la producción del programa reconocí a dos egresados en Comunicación Social de la UBV y, aunque sea natural me emociona mucho verlos desempeñándose en los espacios que la revolución ha ido construyendo, contra todo.

Me invitaron pues para hablar de la violencia en los medios y por supuesto en el camino iba pensando lo que me hubiera gustado decir, algunas frases, algunos ejemplos que, claro está, se dispersan y no vienen a la cabeza con las cámaras al frente y el tiempo pasando. Normal.

Por eso es que quisiera retomar por esta vía la idea central del planteamiento que llevé al programa sólo para hacerla llegar a otros públicos, por otra vía. Intenté decir que el capitalismo condujo a la humanidad a un estado de total indefensión cuando nos apartó de la producción –y fundamentalmente- de la producción de nuestros propios alimentos. Cuando se dice que el capital se apropia de los medios de producción de lo que primero y fundamentalmente se apropia es de la tierra. Sin ésta los campesinos y campesinos éramos todos antes de la expansión capitalista, quedamos a merced de los amos de la tierra y derivamos en asalariados y precarios urbanos, masas de desharrapados que huimos a las ciudades para no morir de hambre al tiempo que éstas se convertían en «depósitos de detritus». Historia harto conocida.

El punto es que el capital nos arrancó de la posibilidad de producir los bienes necesarios para la vida y nos dejó inermes. Desamparados, fuimos presa fácil del miedo. Y los medios de comunicación se hincan allí: sus contenidos están dirigidos a favorecer a la empresa capitalista como única garante de la producción -de alimentos, medicinas, vestido, viviendas- y a la explotación del miedo que cunde en medio del desamparo y la orfandad. El capitalismo nos dejó el puro pellejo, esclavizados al veleidoso trabajo asalariado que se convierte en una forma refinada de esclavitud.

El capitalismo además ofrece una sola forma de protección la cual resulta efímera e incesante: el consumo. Y consumimos siempre individualmente: no se sacia el hambre viendo comer al otro.

En los últimos años, exactamente en la última década hemos visto arreciar la campaña mediática que atiza el desamparo. A la campaña despiadada sobre la incapacidad del gobierno para producir alimentos -en la que incluso participan recientemente sectores de «izquierda» montados sobre el sentimiento de orfandad pre y postelectoral que nos dejó la ausencia del Comandante Supremo repitiendo como un ritornelo «Nicolás no es Chávez»- amén de la incapacidad estructural e histórica para salir del esquema rentista, se une la sobreexplotación de la inseguridad. Sin dar sosiego –desde derechas y ahora también desde la «izquierda»- los medios nos dicen que el gobierno es incapaz, que no cesa de cometer errores, que heredó un modelo agotado –que el control de cambio no da para más-, que se necesita un «cambio de timón» -¿acaso también un nuevo timonel?- que está obligado a importarlo todo aun a sabiendas de que también este recurso –y ya aquí se desboca la derecha- es insostenible porque «hasta la gasolina tiene que importarla», mentira descomunal que ha calado hondamente en sectores de la población que por supuesto temen ser literal y simbólicamente destetados.

A esto se suma la campaña sobre la inseguridad. La desconfianza, el recelo, el miedo al otro, nos obliga a encerrarnos, a recluirnos en nuestras casas temblando. En esta atmósfera es imposible la solidaridad y el trabajo colectivo, que es lo que ofrece el socialismo: la reinvención de la vida en sociedad, es decir, de la política y la economía, pero también del ocio creador y liberador compartido, con el acceso democrático a los bienes culturales.

La clave, creo, es esta: el miedo lo palia el capitalismo activando el consumo que siempre tenderá a ser parcial, elitesco y clasista. Por cierto, buena parte del odio de los ricos hacia los pobres proviene de que estos últimos estén hoy administrando la teta, la gallina de los huevos de oro, la renta, y si la malbaratan los someterá a un hambre sin remedio…

Por demás, sólo se sienten seguros los que pueden comprar, mas como se sabe todo consumo es estrictamente individual: es más en estricta soledad puedo consumir y vivir de mi consumo privado. Se comprende entonces la terrible campaña de los medios para decirnos a los venezolanos que no podemos comprar porque no hay nada que comprar, «No se consigue nada», gritan desesperados, histéricos, en verdad, aterrados. La campaña por supuesto es totalmente irresponsable y criminal, porque actúa sobre los miedos atávicos que se expresan instintivamente, fuentes de violencia y odio.

¡Qué distinto a una campaña mediática socialista, que debe apelar a la razón, al sentido común, a la historia, a los ejemplos, a la sabiduría, a las palabras! Sí, lo que hizo Chávez.

Porque el socialismo nos cura del desamparo y del miedo incentivando y promoviendo la producción. Y ciertamente no podemos producir solos, individualmente; nos necesitamos todos para poder producir. Por eso la necesidad de la organización y por supuesto de la vida en sociedad.

Los medios privados se ceban cruelmente en la individualidad y la soledad del consumo como única vía de salvación falsa, y no soltarán su presa. Los medios socialistas, la radio, la prensa, la televisión, debemos enfocarnos en cambio en la producción colectiva: nos interesan las fábricas, el campo, la producción de los trabajadores y trabajadoras asociadas y libres de la explotación capitalista, que deben reconocerse como productoras de alimentos que alimentan, de vestidos que visten, de salud que cura, de viviendas dignas, de vida para la vida. No de mercancías, que sólo sacian momentáneamente la angustia de estar vivos sin objeto ni sentido.

En el marco de estas ideas inscribo la campaña bestial de los medios que arreció en el escenario electoral para llenar a la población de miedo. Y es por eso que entiendo los dos brazos –sólidos, seguros, efectivos- que se abren en los primeros días del gobierno del Presidente Nicolás Maduro: seguridad y soberanía alimentaria. Cuyos números y aciertos, a pesar de la invisibilización mediática por parte de las empresas privadas- ya comienzan a ser reconocidos y valorados.

Al consumo en medio del pánico, que provocan los medios y el capital, el socialismo debe responder con producción colectiva y trabajo organizado. En concreto y como medidas inmediatas, ya en curso: asegurar el consumo venciendo la especulación, el acaparamiento y el contrabando. Llamar a los empresarios y a los medios a capítulo.

Estructuralmente, en los términos de un proyecto histórico –como lo expresa el Plan de la Patria- la paz y la seguridad sólo pueden provenir de la vida en sociedad -de la producción socialista- la cual se labra necesariamente poco a poco, día a día, con paciencia y fervor, al ritmo de la vida.

miércoles, 4 de abril de 2018

Lula, Temer y Macri en un tuit

lunes, 2 de abril de 2018

La muerte de los pájaros


Para Hesnor, en lugar de su muerte.
“un pájaro antes de morir vuela por dentro hasta la rama de su propio destello”
ANTONIO TRUJILLO. Taller de Cedro
“No llega allí la muerte: un día un pájaro sorberá el corazón de nuestra casa, mas no conoceremos el olvido: Seremos la sustancia de su vuelo”
AQUILES NAZOA. Los poemas


Desde hace algún tiempo una pregunta me ronda el corazón: ¿adónde van a morir los pájaros? Mientras no sepa la respuesta poseeré en la vida y la desaparición de los pájaros una hermosa metáfora: existe un lugar ex urbis adonde se retiran a morir, lejos de las miradas humanas, un lugar no tocado ni visto por hombre alguno, un lugar virgen, un lugar desconocido.
 
¿Tiene lugar este sitio? Debe tenerlo, porque en él se pudren sus cuerpos, en él pasan naturalmente a la tierra, al agua, al aire, a los elementos. Ese cementerio innominado (todas las ciudades deben tener alguno cerca), desconocido por los hombres, existe sólo por sus cuerpos, mas ninguna palabra humana lo nombra. Si no lo nombra palabra humana, ¿existe? Existirá hasta que uno de nosotros se tope con él y vuelva a la ciudad con la noticia de que hay un lugar cerca o lejos de aquí lleno de pájaros muertos. De suceder, dejaría de hacerme la pregunta. 

Sostengamos, sin embargo, la incertidumbre: ese lugar no lo ha visto ningún hombre, no tiene nombre, no existe para nosotros, sólo para los cuerpos de los pájaros que se van a morir en él. Ahora bien, ¿queda algún sitio sobre la faz de la Tierra, virgen? ¿Y precisamente en ese sitio van a morir todos los pájaros de todas las ciudades que sienten llegada la hora de la muerte? Soy de la idea de que cada ciudad tiene su ignoto cementerio de pájaros, pero ¿dónde? Una ciudad es el centro de una tupida red de cosas humanas, ninguna está rodeada por un río impracticable de miasmas. Los pájaros, al salir fuera de la ciudad, topan con otra. No hay un sitio afuera que no haya sido tocado o visto por al menos un hombre una vez al menos. Los pájaros, en efecto, no se van a morir afuera. Se quedan a morir dentro de la ciudad en un sitio no tocado ni visto por hombre alguno. Los pájaros se van a morir en un sitio no nombrado, desconocido, más allá del lenguaje. 

Los pájaros, incluso en cautiverio, no existen. Se sostienen precariamente, duran el tiempo que los vemos. Cuando desaparecen de nuestra vista, mueren. Ver dos veces el mismo pájaro es imposible. El pájaro que vimos, al dejarlo de ver, aun en una fracción de segundo, muere y es sustituido por otro jamás idéntico. Si el mundo cerrara al unísono los ojos todos los pájaros desaparecerían. Existen por deseo, tienen la forma y el colorido de un deseo que no tiene lugar en las palabras, de un deseo desconocido; algo impronunciable se pronuncia en ellos. Cada uno es una palabra que tiene su forma. Al dejar de desearlos, mueren. El mundo se puebla con imágenes del deseo. No sabemos qué las produce, sólo sabemos que deseamos algo aleteante, de colores, suave al tacto, frágil, porque vemos a los pájaros. Tuve un deseo: vi un pájaro; es todo cuanto podemos decir. Hablamos de los pájaros siempre en pasado. Aparecen, pero no sabemos cómo; magia en la que no tenemos participación. Algo en nosotros los desea, pero no sabemos cuándo. Ese algo los necesita, y tampoco sabemos para qué. Nos alegran o les disparamos. Placer, necesidad, ¿son razones necesarias y suficientes?, tal vez; sin embargo, lo más importante es que sentimos placer o tenemos necesidad de esos vistosos deseos. Nos alegramos y alimentamos con palabras pronunciadas por un algo en nosotros recóndito, algo que pronunció la forma y el colorido de los pájaros para saciar el hambre de infinito y el hambre del cuerpo. En un sentido estricto, nos alimentamos de palabras. 

En cautiverio no siempre son los mismos a los que cada mañana alimentamos y cubrimos por las noches. Nos dan, sí, la sensación de mismidad que nos detiene a un paso de la locura; su mismidad nos salva. Además, mueren en sus jaulas, a no ser que logren escapar y desaparecer, luego de revolotear un rato, cerca de nuestro alcance, aturdidos por el aire nuevo. Al morir, tomamos sus cuerpos y los enterramos. Pero ¿qué enterramos? No nuestro deseo, enterramos un cuerpo sin vida, algo que no puede modificar su constitución, aunque se pudra; siempre será un pájaro muerto. No enterramos la palabra pájaro, la palabra seguirá revoloteando, cerca, aturdida por el aire nuevo. La palabra pájaro, el pájaro mismo, no existe sino en libertad, existe por el deseo. El cautiverio es una ilusión, nuestra humana forma de detener imaginariamente el vuelo de la palabra. En una jaula encerramos una incesante metamorfosis. Si nos sentamos ante una pajarera, contemplaremos las eras geológicas, los devaneos del tiempo, los multiplicados segundos, nuestra vertiginosa vida. La muerte del pájaro es desaparecer más allá del lenguaje; el que cae desplomado al fondo de la jaula es un cuerpo desanimado donde alguna vez bulló nuestro deseo. No enterramos al pájaro, sino la materia orgánica que silabea su propio alfabeto, el dictado de la corrupción. Decir “pájaro muerto”, incluso “el pájaro ha muerto” es un anacronismo; condición de pájaro es la libertad, el deseo, la vida; la muerte corresponde a lo desocupado por la palabra pájaro. Ese cuerpo al fondo de la jaula ya no es un pájaro, es un cuerpo inerte indeseado. De ahí que muy pocos se alimenten con pájaros, regularmente comen materia muerta que alguna vez fue sede del deseo; el que se alimenta con pájaros los siente dentro, se aligera, come su gracia nominal. 

Si existir es permanecer en el ser, ¿qué existe de los pájaros? Lo anterior nos conmina a decir que existe su gracia nominal, el deseo momentáneo, pasajero, raudo que les da vida. Existe el pájaro al ser nombrado, cuando el verbo lo despliega ante nosotros. Existe lo que vemos con los ojos del deseo, lo que ve nuestro deseo. Sólo existe el deseo. En alguna parte se retiran a morir, y sólo resucitan cuando nuestro deseo los convoca. Sólo se extingue un pájaro cuando muere la palabra que lo nombra. Pero una palabra sola no hace el verano y un hombre desolado no es todos los hombres. Un pájaro existe porque en el deseo de al menos uno de los hombres late el deseo distraído de todos. Existe porque hay un hombre al menos que los desea, y en él late al unísono el deseo de todos. Si en este último hombre desaparece el deseo, todos los pájaros morirán. En un poeta viven todos los pájaros.