miércoles, 8 de marzo de 2017

TSU y la Economía popular

La Universidad Bolivariana ante el “mercado de trabajo”

El texto fue publicado en el 2006, pero lo retomo para refrescar algunas ideas que he venido madurando... Hoy, que parece que ¡por fin! la Universidad Productiva se avizora...


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Comienza una nueva etapa en el PFG Comunicación Social, en la que las siglas TSU adolecen –según mi criterio- de un análisis de la situación real del país. Me refiero a un problema estructural que requiere soluciones estructurales.
Conocemos por la Venezuela de ayer la existencia de los TSU, técnicos capacitados en diversas áreas, medianamente preparados para el “mercado de trabajo”. Conocemos aquello de las pasantías y sobre todo, ese período “de prueba” que garantiza en algunas empresas (que todavía tienen tiempo y ganas de arriesgarse con un personal “sin experiencia”) el trabajo “de a gratis” de jóvenes por supuesto necesitados y ávidos, que sin lugar a dudas se esfuerzan y dan lo mejor de sí. Este período le ofrece al joven un panorama certero de la realidad laboral, lo enfrenta a la competencia, impulsándolo a una carrera en la que el mejor sobrevive y le recuerda, en carne y desesperación propias aquella mala lección aprendida en la biología de bachillerato. Nuestras universidades y tecnológicos son fábricas de desempleo, quien lo duda, y tal como van las cosas en aquel lado de la frontera del “mercado de trabajo” las cosas van de mal en peor. La tendencia mundial y Venezuela no escapa a ello, es a la tecnologización e informatización de todos los procesos de producción de bienes y servicios, lo que trae consigo que el número de empleos diste años luz de aquel bucólico sistema industrial que empleaba a muchos para poder producir mucho. Ahora, la producción y la ganancia, van de la mano del despido y la flexibilización. Pero esto es lo que ocurre allá, en una frontera hoy discutida y en la que los intereses encontrados, de los capitalistas y los obreros y empleados (y des y subempleados), se encuentran, debaten y construyen las bombas sociales que en un primermundista país como Francia, por ejemplo, está dando qué hacer a los Villepin de toda laya: represión, muerte, persecución, apartheid, xenofobia y racismo, contra derechos laborales en pico e’ zamuro, huelgas y organización popular.
Venezuela conoce estas situaciones hoy atemperadas por el liderazgo de nuestro presidente pero, quién duda que nos encontremos en un forzoso interregno donde se habrán de dilucidar las formas del futuro, el derrotero de nuestro destino. Quien desconozca el plazo invisible que está establecido entre lo que hay que hacer y lo que puede venir si no lo hacemos, está mirando en dirección a las nubes o tiene intereses non sanctos. Como le hablo a revolucionarios, ofrezco ideas por todos manoseadas pero de difícil aplicación (si consideramos lo que nos ha costado ir a las comunidades, esto es, salir del claustro universitario, y después hacer alianzas efectivas con las organizaciones sociales), sobre todo cuando el debate ha hecho mutis por el foro en espera de lo que nunca vendrá: tiempos mejores. Si se desprecia este momento difícilmente habrá otro, a menos que se cumpla aquella sentencia de los 100 años (y nosotros ni cerquita por supuesto), y porque la historia no perdona.
Pienso entonces, que debemos hablar y actuar en consecuencia con la mira puesta en la economía y el poder popular. ¿Cómo así? Pues que los técnicos no pueden ser otra cosa que ciudadanos (hablo de nuestros estudiantes y futuros TSU) articulados en sus comunidades a las redes de la organización popular, esto es, peritos en el manejo de equipos y en la producción de medios, pero en contextos socioculturales, comunitarios específicos. No se trata de que sean ellos los que sepan y manejen los medios, sino los que enseñen, ayuden, asesoren, acompañen a las señoras y señores del Comité de Salud, por ejemplo, o de las Mesas Técnicas, en el proceso de dar cuenta, informar, decir, cómo es que va la cosa y cómo es que puede ir mejor. Lo otro será reproducir en escala local la acción representativa y mediadora de los medios de comunicación que conocemos y de los que decimos estar hartos. Abrir el micrófono al pueblo no es lo mismo que darle el micrófono y la cónsola y la máquina de edición. (Se me dirá que precisamente es eso lo que va a suceder después de los “módulos”, pero he aquí que asoma un problema que tampoco hemos querido debatir y que trata precisamente de epistemología: el conocimiento existe y por lo tanto se enseña, o el conocimiento no existe y por lo tanto se construye. Si existe, entonces es único y sólo conocido por unos pocos especialistas; si no existe, entonces lo podemos aprender entre todos. Si existe, se puede aprender aisladamente, en salones, cubículos y laboratorios; si no, entonces tiene que ser construido en colectivo y en contextos socioculturales específicos.)
El poder que conocemos –el cuartorrepublicano- le teme al poder popular. Darle poder al pueblo es, no está nunca de más, dotarlo de las herramientas y recursos que le permitan construir su propio destino, a eso apuntan los Consejo Comunales y todas las demás formas de organización que la Constitución avala, estimula y protege. Darle poder es también hacerlo consciente de su consciencia revolucionaria, la que ha demostrado no sólo electoralmente sino en los momentos de crisis más recientes: golpe de estado y golpe petrolero, guarimba y guerra mediática… Digo esto porque el pueblo venezolano, el siempre una y otra vez traicionado, ha dado muestras de consciencia revolucionaria, pero siempre, una y otra vez, se le han arrebatado los medios para no dar más que su sangre y pellejo a las causas revolucionarias.
Mientras el pueblo siga hablando porque le ponemos el micrófono al frente, estamos repitiendo el modelo perverso que ha encallejonado el proceso comunicacional de la revolución. (¿O es que creemos que cuando el presidente habla de una nueva comunicación está aludiendo a más VTVs y RNs? Particularmente yo no lo creo, porque a la vista está lo que se ha logrado y lo que se hace con medios como esos, en lo que muchas cosas están bien y dale, pero muchas cosas son silenciadas y tergiversadas sobre la base de que sobre algunos temas lo mejor es callar (y no hablo, precisamente, de las cosas malas y necesariamente denunciables –como muchos ya estarán creyendo- sino de las muy buenas, cuya noticia y divulgación no le interesa a los quinta columnas y revolucionarios “por ahora”), o siendo más optimistas, ese tipo de medio no puede llegar “barrio adentro” porque Venezuela con ser pequeña es enorme y pasan muchas cosas que sólo las comunidades saben y conocen al dedillo y sólo ellas con las herramientas adecuadas pueden dar a conocer multimediáticamente a la localidad, al país y al mundo sin más intermediación que el derecho a informar y a estar informados.)
Necesitamos que nuestros estudiantes se pongan con el micrófono y la cámara del lado del pueblo, esto es, no al frente ni detrás, sino ahí con ellos, en tanto que ciudadanos y vecinos articulados a la organización popular. No se puede hablar entonces –sin ser un contrasentido- de prácticas laborales en el mercado de trabajo. Por eso es que insisto: nuestro pensum de estudios está de espaldas a la Economía Popular, a las cooperativas y microempresas, y en el caso del PFG hasta de los Productores Independientes!!! No se trata, simplemente y por dar un ejemplo manido, de hacer las prácticas en Radios Comunitarias sino de construir radio comunitaria en y sobre todo y necesariamente con las comunidades. Pero esto de construir una radio comunitaria suele entenderse como levantar una antena santificada por CONATEL en cada barrio, o una radio por barrio, acelerando la atomización y garantizando a los vivos –que los hay y muchos- el pecunio vía publicidad (pagada por el Estado o cobrando por los espacios, jamás haciéndole la segunda al panadero de la esquina o a la costurera sin aviso ni Seniat.)
Hablo de otra cosa. Hablo de construir Comunicación Ciudadana, y eso va más allá o está más acá de los medios conocidos. Ciertamente las tecnologías de la comunicación nos pueden y deben acompañar en su construcción, pero sin gente, sin organización popular, el medio sigue siendo eso, medio, no instrumento de liberación. La libertad no es una dádiva.
Otra cosa, en la carrera por sobrevivir que anuncian los TSU, está claro que algunos estudiantes sobrevivirán, precisamente aquellos más ávidos, más aviones, más sagaces y, sólo después, los mejor preparados pero sin garra ni el empuje y la sangre fría –algunos lo llaman profesionalismo- que se necesita para empujar, hacer la zancadilla o pasar por encima de los otros. El desempleo es estructural, repito, y negarse a la evidencia es confiar demasiado en el país petrolero de la cuarta república que los empleará a todos sin excepción en “empresas” públicas o privadas, entregados a la ilusión del trabajo “fijo”, “seguro” y hasta que la muerte nos separe.
Como se trata de ir todos y no unos pocos ni los mejores, es que tiene más sentido el trabajo en y con las comunidades. El trabajo comunitario es anti-competencia, porque en el barrio todos somos importantes, nadie sobra y todos hacen falta. Todos. El sistema capitalista no se come este cuento y cuando habla de “pleno empleo” habla sotto voce de flexibilización, de subcontratos, de movimientos macroeconómicos, según los hilos de la marioneta que mueve la mano invisible del Mercado. Como nuestro interés debe seguir siendo la microeconomía –no capitalista sino socialista, en la que el homo economicus es desplazado por el homo convivalis, en otras palabras el hombre competente que le da paso al hombre solidario- es que debemos ir a los TSU con una mirada más social que técnica, más humana que instrumental, más colectiva que individual. No estoy hablando, ya pa’qué, de lo que existe y hoy arrancó, sino de lo que nos toca hacer. Estoy hablando de darle un piso real, cierto, contextualizado histórica, social, políticamente, al reto de egresar TSU con una mirada puesta no en el mercado de trabajo sino en las comunidades, el único trabajo del futuro, o al menos, el único que podrá responder con fuerza y decisivamente a la promesa falsa, ilusoria, nunca utópica, de trabajo en el mercado capitalista.
(Valga aclarar que no es utópica porque la Utopía nos pertenece: sólo la economía, la educación y el poder popular, nos hará libres, independientes y soberanos.)

lunes, 6 de marzo de 2017

LA ENFERMEDAD UNA EXPERIENCIA SAGRADA





César Seco refiere en su libro Árbol sorprendido, su trato con la epilepsia. El comentario que sigue sólo busca hacer énfasis en tal relación.

1

Hoy escribo desde otro lado,
muerdo mi lengua.

La poesía nos habla con los restos, con los escombros del idioma. Se alimenta en los botaderos del sentido, allí donde el habla y la escritura cotidiana tiran lo que ya han dejado o no usan o no quieren usar. Lo que nos dice nos sorprende como lo hace la silla rota que vimos alejarse en el camión del aseo y que, sin otra explicación que el hecho incontrovertible de que se encuentra (de nuevo) en mitad de la sala, parece reclamarnos su presencia, acaso nos habla de la poca importancia que le dimos, de lo que hubiésemos perdido de perderla, de la falta que hace. A veces aparece, pero no la silla sino su ausencia, de pronto sentimos la terrible ausencia de algo que nos acompañó en la fatiga de los días, de algo que era, que se había constituido en parte íntima de la casa, en un miembro más. Sin embargo, sabemos que resulta siempre difícil deshacernos de una silla antigua, heredada. Podemos relegarla a un cuarto oscuro, porque está muy gastada y no hace juego con los muebles recién adquiridos. Eso es también un modo de botar la silla, de deshacernos de ella. En otros casos, se conserva como un trasto raro, de museo, una silla que ya no es para sentarse, que ya no es una silla.

La poesía trabaja con eso que cotidianamente expulsamos, con el sentido relegado de las cosas, de las palabras. La poesía no es novedosa, incansablemente pule los trastos viejos, los repara, les devuelve el brillo, se esfuerza porque vuelvan (con nosotros) al curso ordinario de los días.

El poeta habla de y desde ese sitio al que ha sido expulsado con su única pertenencia: el ruinoso sentido de las palabras. Allí muerde su lengua, que es como decir las palabras y como decir su idioma. Mientras todos hablan, el poeta muerde su lengua, se calla dolorosamente, grita. Por morder su lengua que es como decir las palabras es que salta al otro lado, allí donde su dolor cobra cuerpo. El poeta muerde su lengua, fatalmente la muerde para poder tragarla, pero también para que bote el jugo, para saborearla, para saber a qué sabe, para saber que sabe. Todos tragan entero, el poeta mastica, muerde las palabras. Todos (se) pierden el sabor, lo pierden que es como decir que lo botan, que sería decir que no lo usan y también, por defecto, que no lo conocen, que no saben y no pueden reconocer (por desabridos, por insípidos) el sabor de las palabras, que es como decir que no gustan del idioma. El poeta, silenciosamente, en secreto, se apodera de los desechos, los hace suyos; son ahora su lengua, la otra.

2

Caí cuando estaba jugando

A esta hora llega la bestia con su espuma.
Estoy orando a ver si-se detiene.
Estoy tranquilo.


La caída, esa reminiscencia sagrada, nos condenó al desierto. Desierto que poblamos con palabras que intentan cerrar la herida, acortar, borrar la distancia. El enfermo sabe que Dios lo mira. 6.0 sabe porque le duele el cuerpo, porque padece. El enfermo se acuerda de los momentos de salud, ese paraíso. En los raros momentos -siempre raros y también críticos- en los que el dolor se aleja, (el enfermo sabe que no está curado, que el dolor está allí «como un hacha en la sombra») el enfermo se entrega a la vida, vive, pero tenso. Con el enfermo -podemos decir con Kafka- «ocurre lo mismo que ocurre en las profundidades del mar: no hay un solo punto que no esté sometido a grandes presiones». Pero eso que es una fatalidad es también un privilegio: «... cualquier otra vida es una ignominia y me provoca náuseas». El enfermo se sabe «tocado por la gracia», la enfermedad lo arroja al umbral, y desde allí atisba el Paraíso, sólo le basta para alcanzarlo ser tocado por esa gracia absoluta que es como la muerte o el éxtasis. Sus palabras tienen algo de Job, de queja resignada, de «muero porque no muero». Sólo el enfermo puede ver el paraíso. Sólo el enfermo sabe que cayó. La herida, la distancia que lo separa del Paraíso, es la distancia y la herida que lacera su carne, que lastima su cuerpo. Sólo el enfermo conoce, sabe, tiene cuerpo. Las palabras que le salen brotan de las heridas, por las heridas. No es él quien habla, sino lo que puede, lo que logra salir de su boca semejante al grito, al quejido, al susurro, a la queja. Sus palabras son más necesarias para él que para los demás. Los demás lo oyen, pero con fastidio. Es que el moribundo es un fastidio. Si se lo escucha se lo escucha por temor, o porque no perdemos nada. Cuando el moribundo habla, como es siempre lo último, porque ya no tiene más tiempo, lo que diga, todo cuanto diga, lo que sea, tiene la naturaleza del rezo, de la plegaria, de la oración. «Suenan las palabras feas salidas de su boca. Verbos suyos de sangre y de saliva». Si pide agua en la agonía es menos para calmar la sed que para mitigar la muerte que lo abrasa. Pero esa agua que lo calma es inmunda, es vinagre, viene de la muerte, esa agua es ya un poco la muerte, esa calma absoluta. El moribundo, entonces, descansa. La oración actúa como el agua, como los aceites de la extrema unción. Pero la oración como la escritura no es alivio. Sólo trae la calma. La oración lo calma como el agua. El moribundo ya puede esperar, su cuerpo comienza a aflojarse, siente venir, pero ya está tranquilo, el último estertor, la bestia que trae la espuma, la niebla, la nada.


3

Así como está

Con una migaja de cielo
Así no lo quiere nadie

Vivo aún
No lo quiere nadie.


El enfermo lleva una marca que lo convierte en un extraño, no es igual a los otros, algo pasó o pasa en él que lo hace distinto, peligroso, que lo pone en peligro. El enfermo es un acento de la peste. Rehuimos la mirada del enfermo. El enfermo ya no tiene nada que perder, ya no vive, la enfermedad vive en él. Vive para la enfermedad. Le tememos a la enfermedad ya lo que el enfermo dice. Como ya no tiene nada que perder dice la verdad, se confiesa, nos confiesa. Abandona la doblez que nos rige en la sociedad, ya no necesita parecer esto o aquello, no requiere que los demás lo tomen por esto o por aquello, ya no actúa, ya no miente, la enfermedad lo ha despojado de la máscara, de su persona. Ya no es una persona, es un cuerpo que padece; la enfermedad lo vive y lo justifica. El enfermo se abandona, no opone, ya no puede oponer resistencia, la enfermedad actúa por él, ella se mueve y lo mueve. El enfermo sólo sabe que de un momento a otro el cielo se le abrirá en la cabeza. 

(Publicado en Al Margen, 2002)

viernes, 3 de marzo de 2017

Sólo es irreal lo que se puede medir




[Foto: José Zambrano]
(Recomendaciones inútiles para la planificación de clases)

“La realidad de lo real es una cuestión de vida o muerte (y no de la objetividad de las cosas, como se la concibe desde Descartes)”
Fraz J. Hinkelammert

“¡Apresúrate, apresúrate, pues los momentos vuelan! ¡Oh, aprisa, aprisa, valiente joven, pues los crueles cascos de nuestros caballos también se apresuran. Los momentos huyen de prisa; más rápidos son los cascos de nuestros caballos… Golpe de vista, pensamiento humano, ala de ángel, ¿cuál de éstos tenía bastante rapidez para volar entre la pregunta y la respuesta y separar la una de la otra? La luz no pisa sobre las huellas de la luz de forma más indivisible que nuestra llegada avasalladora sobre los esfuerzos del quitrín por escaparse…” (146). El fragmento corresponde al relato de Thomas de Quincey cuando narra su experiencia en un viaje nocturno en un coche a “trece millas por hora” con el conductor dormido y por el canal equivocado, enfilado contra una calesa –separada apenas de la eternidad por minuto y medio- en la que viaja a una milla por hora una pareja tiernamente ocupada. Del texto Ítalo Calvino afirma: “El relato de esos pocos segundos no ha sido aún superado, ni siquiera en la época en que la experiencia de las grandes velocidades ha llegado a ser fundamental en la vida humana” (53). Importa aquí advertir el hecho de que la velocidad, su vértigo, ingresa a la conciencia humana en época reciente, de la mano de la tecnología y la industrialización. Los caballos por supuesto alcanzaban altas velocidades antes del siglo XVIII, pero la conciencia que advierte la velocidad como un factor visible y luego predominante en la realidad, hasta determinarla, es lo que digo acá que es reciente. Y no puedo dejar de unir esto al capitalismo, y a la industrialización que comenzó a evaluar la productividad por la cantidad producida en el menor tiempo posible al más bajo costo. A la riqueza que se precisa para acumular más rápido más riqueza, más capital.

El primer producto industrial fue el reloj (“el cronómetro hace posible –dice Jacques Attali-, acompaña y acelera la revolución industrial” (151). La medición del tiempo impulsa la identificación pragmática y teórica de los conceptos “de orden, de trabajo, de producción y de dinero. Y también los de desorden, de descanso, de diversión, de consumo, se funden en una nueva designación del fin de ciclo” (170). Todo instante de no-trabajo debe existir para ganar fuerzas para el trabajo. “Es necesario desalojar la ‘vagancia obrera’ de la fábrica, en los transportes a domicilio y en la taberna’. Es necesario reducir los lugares de resistencia del obrero y, más tarde, sus asociaciones y sus sindicatos; en fin, ahí donde no pueda alcanzar la mirada del amo, confiscarle toda capacidad de controlar su tiempo y de reflexionar en él” (176). Por ello “Una vez más las pausas (el tiempo de no-trabajo, el fin de semana, las vacaciones, la noche cuando se llega del trabajo, la jubilación, etc.) se llenan con productos industriales. Desaparecen los tiempos de pausa y de comunicación del lavadero y de la vela. Aparecen los del almacenamiento y del uso, de las máquinas lavadoras y de la televisión” (219).
Recordamos estas citas porque el concepto capitalista de velocidad trae implícito el de acumulación. Se aceleran los procesos de producción al mismo tiempo que se abre paso el valor de la acumulación; acumulación de riquezas, luego acumulación de poder. Como afirma Heilbroner (1990) “el impulso de acumular riqueza es inextricable del poder, e incomprensible si no es como forma de poder (…) El capitalismo es el régimen del capital, la forma de liderazgo que encontramos cuando el poder toma el aspecto de dominación, de los que controlan el acceso a los medios de producción sobre la gran mayoría que debe ganarse un «empleo», -el sustitutivo capitalista del derecho tradicional del campesino a consumir una parte de su propia cosecha” (43-44).
La velocidad permite entonces una acumulación acelerada, luego, la velocidad comunicará formas de poder. Se estudian “carreras”, se acumulan títulos. Aquí los primeros siempre serán los primeros, y los últimos los últimos. Está incluido en el sistema productivo el que está en movimiento. Detenerse es insubordinarse contra los flujos de capital. Ay del que se detenga, ay del detenido.

Cuando nos paramos todos, el capital se conmueve. Cuando se para el capital (como ocurrió en diciembre de 2002 y como ocurre hoy con el acaparamiento y la escasez creada), busca la desestabilización política, con fines económicos. Mientras el Estado (pero no cualquiera, sino uno que se precie de revolucionario) esté ahí, el mercado hará lo posible para sacarlo del juego (económico). “En la medida en la cual los estados obstaculizan el flujo del capital (la huida de la insubordinación), se forman lazos entre capitales específicos y estados nacionales específicos” (Holloway, 2005: 117).

Todos somos testigos de la “velocidad” urbana necesaria para ir al ritmo de los acontecimientos. Si se avanza lentamente se corre el riesgo de no llegar a tiempo, de que otro se adelante, tome la delantera, te supere. Ya un valor como la cautela, se desprecia por el de la agilidad aunada al riesgo. La paciencia riñe con el estrés, la parsimonia, con la elegancia desenfadada. Todo lo light es rápido, y la ropa casual, lo primero que nos pongamos encima, se asume cada vez más como norma y etiqueta, prevaleciendo sobre las formas clásicas, graves y que suponen consumo inestimable de tiempo de preparación. Andar peinado hoy es andar despeinado. Ser es no ser.

El problema adviene cuando aplicamos estos criterios a la planificación de clases. Acumulación de contenidos, en el menor tiempo posible. ¿Qué valores, creo, en cambio, debemos introducir en una planificación que rompa el circuito de la velocidad y la acumulación? Vaciar los programas, detenernos, avanzar pacientemente.

Como dice Nicols Fox: “La idea de obtener lo máximo de lo mínimo (esta misma es un resultado de la filosofía del utilitarianismo de Jeremy Bentham del siglo 18) fue un preludio a la revolución industrial. A principios de la década 1900-1910, Frederick W. Taylor llevó la idea más allá. Fundador de la administración científica de las fábricas, Taylor dividió las tareas en acciones específicas y usó análisis de tiempo fraccionado para obtener lo mejor de los trabajadores. El soñó con llevar la eficiencia afuera de la fábrica y aplicarla a cada aspecto de la vida para incrementar la producción a través de toda la sociedad. "Nuestros mayores desperdicios de esfuerzo humano", dijo él, "que ocurren cada día gracias a tales de nuestros actos como son equivocarse, mal encaminarse, o ser ineficiente... son menos visibles, menos tangibles... pero vagamente apreciados". Eramos flojos y podríamos hacerlo mejor. En gran medida Taylor tuvo éxito. La eficiencia se mudó de la fábrica al hogar. Se ha convertido en el mantra de la época, produciendo la presionada vida moderna, en la cual escurrir cada gota del tiempo del día parece razonable. Cuestionar la eficiencia empieza a sonar como herejía.”

La acumulación “es la base organizativa de la vida sociopolítica (…) el proceso acumulativo es un agente de cambios sociales, no sólo económicos” (126-127) dice Heilbroner. Necesitamos, al contrario, organizarnos sobre la no acumulación, algo difícil de pensar toda vez que ésta supone que los procesos son lineales, sucesivos, acumulativos, que se suceden superando etapas en el tiempo y en el espacio. Pero sabemos que la lectura lineal de los procesos es una ficción que lejos de facilitar el análisis y su comprensión, la dificulta, la niega. Los procesos sociales, donde intervienen múltiples factores, no aceptan y más bien rechazan lecturas lineales del tipo causa efecto. La racionalidad medio-fin es irracional, dice Hinkelammert, cuando niega la reproducción de la vida. “Ninguna acción calculada de racionalidad medio-fin es racional, si en su consecuencia elimina al sujeto que sostiene dicha acción” (44). En otras palabras, si de capitalismo hablamos cuando de lo que se trata es de acumular riquezas hasta agotar todas las riquezas: “La racionalidad medio-fin aplasta la vida humana (y de la naturaleza)” (49).
Se precisa producir de tal manera que la producción no agote las posibilidades de reproducción. Si al producir (y acumular) se niega progresivamente (se acumula) hasta desaparecer la posibilidad de producir, esto es, si la reproducción es imposible, y por ende la vida, si de producir para vivir se trata (y no para el mercado y sus fauces),  entonces la producción es irracional en términos humanos, aunque racional para el mercado, que “invisible” como es, no necesita de la vida de los sujetos para existir. El mercado cuando nos niega en tanto seres humanos se afirma. Es, cuando nosotros no somos. Nos toma por capital, no somos personas sino fuerza de trabajo, y por eso el trabajo es negación de la vida.
El trabajo afirma la vida sólo cuando se trabaja para vivir, esto es, para producir lo que necesitamos para vivir sin destruir las posibilidades de su reproducción. En el sistema de producción actual, la acumulación sólo supone una resta, disminución incesante de la posibilidad de vivir. “El fin es ahorrar, y dejar de vivir es el medio” (63). “Si no se vive, no hay realidad” (65). “La afirmación de la vida no es un fin, sino un proyecto: el de conservarse como sujeto que puede tener fines” (66), murmura Hinkelammert.

Acumular cosas se toma por riqueza, de ahí la depreciación de la experiencia y la sabiduría (acumulación de nadas). También la de la memoria como dadora de sentido; de ahí el recurso moderno de acumularla en museos donde deja de ser memoria para convertirse en conjunto de objetos clasificados, ordenados, dispuestos según la racionalidad del mercado (capitalista) de la memoria. Memoria privada (de sentido).

Con la velocidad se pierde el sentido del tiempo. Por no perder tiempo, perdemos el tiempo. “…la economía del tiempo –ironizaba Calvino- es algo bueno porque cuanto más tiempo economicemos, más tiempo podremos perder” (58).
Velozmente acumulamos cosas, objetos, riquezas, pero no tenemos tiempo para disfrutarlas, usarlas, consumirlas, contemplarlas. La vida actual está reñida con la contemplación, con el disfrute prolongado, con la paciencia, con la espera tranquila, con la morosidad. Debemos, en cambio, contra corriente, incorporar en nuestros programas de clase la solidaridad, el respeto a la vida propia y a la de los otros, “incluyendo a la propia naturaleza”, el cuidado y la sabiduría, valores que, como dice Hinkelammert “relativizan la racionalidad medio-fin y la transforman en racionalidad secundaria” (66-67)
Todo actualmente pugna por ser consumido rápidamente, usado y desechado sin pausa. Un producto capitalista por excelencia: el helado. Las amistades, el trabajo, el amor, un vértigo de contactos y relaciones transitorias. Espuma. Nada permanece, y nada es permanente. “Todo lo sólido se disuelve en el aire”, dijo el viejo Marx.

Introducir, pues, la detención (no la parálisis). Construir programas con silencios, con momentos para el diálogo, para la reflexión, para la construcción colectiva paciente y constante. Sin ser místicos, necesitamos incluir la vida en nuestra programación cotidiana. No el quietismo, sino el curso de la vida.

La acumulación de contenidos prevé una férrea planificación, que garantice el consumo de “todo” el programa. Un manejo, pues, rígido del tiempo. Pero el tiempo público está sometido a los imprevistos -a lo desconocido y a la posibilidad del fracaso (Hinkelammert, 66)-, mientras que el tiempo privado circula por encima del tiempo real, en su propia pista, por sus propios conductos, en su propia “realidad”. Lo imprevisto en el tiempo privado no existe, por eso se crea una realidad otra donde ni la muerte existe. Salvo rarísimas excepciones, la vida detiene el flujo del tiempo privado. El tiempo privado no se puede dar el lujo de “perder el tiempo”, porque esto se traduce o se expresa en detención parcial o total del capital. La vida privada necesita el flujo ininterrumpido del capital. Necesitamos, pues, programas de clase desprivatizados, con un manejo público del tiempo, porque su interés no es el interés del capital. Debemos “perder el tiempo” para ganar el tiempo, para contemplar, para pensar. El flujo del capital es irreflexivo, por eso lo facilita todo reduciéndolo a su mínima expresión. “Sólo lo difícil es estimulante”, dijo José Lezama Lima.

Planifiquemos en función de un solo contenido, la vida, y cuando nos ocurra encontrarnos, bastará decir “…cómo veníamos diciendo…” No acumular sino continuar, no sumar sino ser, simplemente. La racionalidad reproductiva (la producción que no destruye la posibilidad de seguir produciendo) “no es reducible –dice Hinkelammert- al cálculo de costos”. Sólo es irreal lo que se puede medir.

Hemos abandonado todo, a las cosas, a los objetos, a la acumulación. Nos hemos perdido y en el lugar vacío pusimos un yo que ansía para ser, cosas, objetos; nadas. Estelas, ráfagas, arrebato, todo en permanente estado de fuga. La obsolescencia planificada qué es, sino la marca del futuro en el objeto recién adquirido; la manifestación de su desaparecer que nos ahorra el tránsito demasiado vivo de la descomposición, la vejez, la corrupción. Presente de vértigo en pos de un futuro que se manifiesta hoy, aquí, allá.

Necesitamos llevar a nuestras clases el asombro sosegado de estar vivos. Acumular tiempo, no cosas. Darnos tiempo.



Bibliografía

-          Franz J. Hinkelammert (2006) El sujeto y la ley. El retorno del sujeto reprimido. El Perro y la Rana. Caracas
-          Italo Calvino (2001) Seis propuestas para el próximo milenio. Siruela. Madrid, España
-          Jacques Attali (2004) Historias del tiempo. Fondo de Cultura Económica. México
-          John Holloway (2005) Keynesianismo. Una peligrosa ilusión. Un aporte al debate de la teoría del cambio social. Vadell Hermanos Editores. Caracas
-          Robert L. Heilbroner (1990) Naturaleza y lógica del capitalismo. Ediciones Península. Barcelona, España
-          Tomás De Quincey (1966) El asesinato, considerado como una de las bellas artes. El Coche Correo Inglés. (Colección Austral) Espasa Calpe S. A. Madrid