sábado, 2 de junio de 2018

Qué hago con los desperdicios de la cocina...

Digamos que desde hace diez años entierro en la jardinera los restos orgánicos. Como pueden ver, el espacio es mínimo, pero la velocidad de la descomposición es increíble.



Naturalmente, voy rotando los hoyos y aunque no lo llevo sistemáticamente acaso me tarde en volver al primero de la serie unas dos semanas.

Aproximadamente un día sí un día no saco de la cocina dos envases y de pronto algo más con conchas, ramas y semillas. Algunas germinan; cierta vez nacieron y crecieron enormes lechosas. Otra vez, ajíes, mangos, aguacates. La mayoría no crece por varias razones. Supongo que por el salitre y porque están demasiada expuestas a la, digámoslo así, curiosidad de la gente.

De todos modos, se trata de una jardinera más bien común al edificio y no están dadas las condiciones para sembrar como tal.

Por otro lado, aunque lo he intentado no he logrado una composta saludable.
Lo que hago, sencillamente, es enterrar los desechos orgánicos para no llevarlos hasta la "basura", donde se descomponen y crían malos olores y moscas.


Las bolsas que finalmente llevo no huelen ni pesan, pues sólo contienen plástico, cartón y a veces, vidrio o latas.










No es la solución, pero si todos lo hiciéramos, el 80% del problema que genera la basura desaparecería convertido en energía saludable, en verdor y conciencia.

martes, 29 de mayo de 2018

S/T


No basta que Crea                s
en tí
bien Sabe                              s
que nada
quedará absolutamente

el fracaso trae noticias frescas
del pasado
y lo mejor es cerrar
la puerta y mirar a otro lado

asomar la cabeza por la ventana
abierta a la niebla

Desiste

quizá mañana mismo ya no estés
y todo se haya consumado
al menos en tí



* De Autor desconocido

domingo, 27 de mayo de 2018

Errar es de humanos




José Javier León
Maracaibo, República Bolivariana de Venezuela
IBERCIENCIA. Comunidad de Educadores para la Cultura Científica
Publicado en http://www.oei.es/historico/divulgacioncientifica/?Errar-es-de-humanos


Conocemos y usamos ese refrán con familiaridad, pero casi siempre en contextos domésticos, cotidianos, pocas veces en asuntos de ¿mayor? envergadura, cuando lo que creemos verdaderamente importante está en juego. Posiblemente, si en estos casos la usáramos, no sólo otra sería la actitud en el momento particular, sino muy otra la manera de abordar, de enfrentar la vida.
Estoy convencido de que sólo se aprende de los errores. Pero lo obvio no es lo más fácil de ver, por eso nos hemos acostumbrado a creer que el éxito, la manera más afortunada de hacer las cosas, se logra por una predisposición, por un talante y un talento casi natural, propio de seres igualmente afortunados, que no cometen errores.
Esta manera de ver las cosas supone que todo sale bien cuando se tiene suerte y está todo prediseñado y preparado como si se tratase de una conjunción astral. Aprendemos entonces como consecuencia no de errar (de yerro) sino de que se tiene la complexión física y espiritual para no hacerlo jamás, y si final y lamentablemente ocurre, entonces será una señal de que estamos acabados, fracasados.
Esto se ha convertido más que en una ética en una ideología. Es la “filosofía” del triunfo, que raya en la autoayuda y el new age. No es nada nuevo por supuesto, pero me parece que amerita de nosotros –docentes, madres y padres, y autoridades en general- una mayor toma de conciencia para tratar de equivocarnos menos o mejor que mejor, para aprender a equivocarnos y tomar a partir de los yerros, las mejores decisiones.
Creo que debemos incorporar los errores a los procesos educativos porque verdaderamente sólo errando se aprende. Lo nuevo no puede aparecer sino como contraste con lo viejo. Es decir, lo nuevo ocurre con respecto a lo viejo, a lo que quedó atrás o a un lado. Así, el conocimiento nuevo, que remueve los conocimientos anteriores, que los desplaza o supera, ocurre porque ha ocurrido una diferencia, un cambio, una transformación que se salió de lo convenido, de lo inusual, de lo que no estaba programado.
En lo trillado, acostumbrado y esperado no puede haber conocimiento por descubrimiento. Sin embargo, nuestros programas están hechos para repetir las lecciones e incluso para memorizarlas, y a eso se ha reducido el aprender. Pero lo peor no ha sido dicho: nuestros estudiantes aprobarán si repiten al dedillo la lección.
Lo nuevo, si de verdad lo es, no es (del todo) conocido, de modo que en un principio puede ser visto incluso como error. La historia cuenta con muchos ejemplos de cómo algo que no se esperaba terminó siendo un regalo del azar y una contribución a la humanidad. Eso debería cambiarnos la mirada en torno a lo novedoso, pero ni ocurre así ni se cultiva la creatividad que abre puertas a la sorpresa, a lo inesperado. En educación debemos cultivar el riesgo y la aventura.
Muy al contrario, se ha enseñoreado el acierto, lo intachable, lo perfecto, que sólo puede ocurrir verdaderamente, cuando se ha practicado y se ejecuta sobre una pista bien aprendida. El triunfo instantáneo con el que nos engañan los prestidigitadores, ocurre sobre la base de una experiencia oculta, sobre horas y horas, meses y años de ejercicio tenaz… y de errores.
No obstante, se muestra con vítores y colores, el triunfo, el efecto, el logro alcanzado, el virtuosismo. La pieza interpretada sin fallas. Pero ¿y detrás?
Detrás, todo el trabajo, la dedicación, el esfuerzo, la acumulación de desaciertos, que fueron tonificando el alma, dándole cuerpo a lo aprendido.
Intento decir entonces que la cultura del éxito nos borra el trabajo previo de quien mucho debe equivocarse para aprender. Esa misma cultura, la del éxito, denigra de los fracasos y las derrotas. De ahí, los aplazamientos y la carga de desaliento que los acompaña, amén del cuestionamiento social y lo señalamientos. Y lo que ocurre a escala personal, se traduce a países enteros. En efecto, los que no asumen las fórmulas del éxito están condenados a padecer hambre y necesidades. Y el éxito es el que exhiben los bienaventurados, los afortunados, los señalados por la providencia.
Sin embargo, el error es la sabiduría a escala humana. Yerra el que abre caminos, el que no sabe bien a dónde va, pero lo impulsan el amor, las incandescencias de la certidumbre, el latido y el pulso de la sospecha, de la intuición. Claro que se trata de una aventura y por lo mismo, deberíamos acompañar y aupar a quienes se atreven, a quienes dan la cara a lo desconocido, pero no por seres excepcionales, sino porque expresan lo propio y natural de los seres humanos.
Sí, errar es de humanos y errar es caminar, avanzar.
De ahí, el significado de ‘errancia’, que es andar vagando. Y vagar es, según el DRAE: 1. intr. Tener tiempo y lugar suficiente o necesario para hacer algo. 2. intr. Estar ocioso.
Por cierto, ¿sabíamos de dónde viene la palabra ‘escuela’? Pues viene de Skholè (σχολή) palabra griega que significa "ocio, tiempo libre". Estar ocioso entonces –etimológicamente, que es el rumor geológico de las palabras- es estar en la escuela.
Si errar es de humanos, es de humanos vagar y de humanos el ocio que, a su vez, está en el corazón profundo de la escuela. Errar no es equivocarse sino caminar con los brazos abiertos al horizonte.






lunes, 21 de mayo de 2018

Los numerólogos, profetas de lo que jamás ocurrirá ni ocurrió ayer ni hoy




Los “análisis” de los numerólogos postelectorales dan risa. Los hay poco serios y serísimos, pero los peores son los que tienen las propias barbas de dios en las manos. Regularmente saben mucho, muchísimo. Dan ladilla. 

Básicamente, proceden sacando conjeturas de los números actuales comparándolos con cifras anteriores que, por supuesto ocurrieron en otro contexto, en otras circunstancias. Extrapolan sin consideración ni conmiseración los datos de ahora con los de atrás y se remontan incluso a décadas (que con todo lo que –nos- ha pasado en estos cincos años ya casi parecen antediluvianas). Comparar los números del chavismo de hoy con los del Revocatorio contra Chávez, como leí por ahí, no sé si sea simple manipulación o imbecilidad. 


Pero aparte de estos analistas políticos tan versados en números están los escuálidos que hoy dicen que perdieron ayer una gran oportunidad porque un sector de ellos mismos mandó a abstenerse. Y pretenden –he aquí la genialidad- hacer creer que los números de Maduro hubieran permanecido exactamente igual si ellos no mandan a abstenerse y sus imaginarios electores hubieran sí, salido a votar.


Como se ve, la misma irracionalidad tanto pa’lante como pa’trás. Es lógico que si ellos no hubieran hecho la campaña que hicieron y hubieran mandado a votar y no hubieran hablado tantas pistoladas del CNE otros hubieran sido sus números, pero también otros los de Maduro, otra la campaña y otra la movilización. ¿O es que creen que la campaña de abstención no repercutió en los números del chavismo? Por ejemplo, ¿cuánto chavista se abstuvo porque para qué si igual íbamos a ganar? 


Los números de ayer, lo que dicen, es que la abstención afectó a todos los actores. Una abstención multiforme y multivariada, interesante en términos sociopolíticos, pero que, como todos los números electorales, no habla sólo de y para un bando. Pero, sobre todo, no se pueden comparar con otros ni con futuros números, porque las circunstancias serán y han sido siempre otras.


No es que rechace los análisis cuantitativos porque sí, me mofo es del procedimiento infantil de agarrar una cifra de hoy con su contexto social y económico, para afirmar que un movimiento político como el chavismo no es el mismo de ayer cuando los números eran otros y otras las circunstancias. ¡Dígame cuando comparan -con un pie en el estribo y otro en la talanquera- a Maduro con Chávez y la capacidad de movilización de uno u otro! Pues claro que no es lo mismo y claro que los números son otros, pero los y lo de hoy se explica en el contexto de hoy, y los y lo de ayer se aclara en su contexto. Pretender que los números de ayer son el chavismo –y esto(s) no- supone que hay una esencialidad imperturbada por los vientos de la historia y que sólo puede ser comprendida y observada desde una atalaya con la mirada inconmovible (más bien inmóvil) de los illuminati. 


El chavismo de hoy, expresado en los millones que salimos a votar, lo hicimos contra viento y marea. Contra una guerra económica mordiéndonos las entrañas y con la esperanza en Maduro y su gobierno de que hará justicia y de que, juntos, construiremos una economía próspera, pero sobre todo sana. Los que salimos a votar lo hicimos como nunca antes en la historia de Venezuela. 

No sé si se entienda esto último que voy a decir: en el 89 salimos arrechos a saquear. Los tiempos han cambiado y hoy salimos por las buenas a votar. Como decimos en el barrio: no me hagan arrechar.