Publicado por primera vez el domingo, 09. nov, 2008 – 12:02:32 am
En un blog que extrañamentre feneció...
Debe ser una escandalosa obviedad, pero sólo ahora lo percibo: el dinero
sólo tiene valor porque le da valor a lo superfluo. Es sencillo (lo
digo para mí, que no lo veía antes): si sólo intercambiáramos cosas
necesarias, las cosas tendrían valor desde la necesidad, pero he aquí
que cambia el valor según la escasez y la abundancia. La primera lo
aumenta, la segunda lo rebaja; no cambia pues, por la necesidad, sino
por la posibilidad de sacar dinero a la ventaja que proporciona la
necesidad. Obtener ventajas y de ellas extraer más dinero, es una de las
fuerzas dinamizadoras de lo que llaman economía liberal. Como de lo que
se trata es de obtener más y más ganancias, se construyen necesidades
(publicidad, por ejemplo) pero también escaseces (acaparamiento). Lo que
queda a la vista (demasiado diría yo) es que estamos lejos de las
necesidades reales y del valor real de las cosas porque lo que pesa y
determina es la necesidad de acumular riquezas, para lo cual se
manipulan las “necesidades”, la abundancia y la escasez. Lo que pagamos
no es lo que la cosa vale, porque en su valor está presente el “valor”
del dinero, que no refiere a la cosa en sí (cómo las palabras no son lo
que nombran), sino a aquello asequible sólo con y por el dinero y sólo
por y para aquellos que pueden “comprar” lo superfluo. Que el necesitado
“necesite” comprar lo superfluo es un drama capital, pero no contradice
lo antes dicho aunque el ejemplo se emplee para justificar el estado de
cosas. Se precisa pues, el dinero para poner una barrera, un muro a los
privilegios y a los privilegiados. Se compra con dinero el “confort”,
el tiempo libre, el ocio acomodado. Cuando compramos lo que necesitamos y
lo compramos siempre con sobreprecio, estamos pagando con el excedente
el confort de los privilegiados. En las sociedades laicas injustas y
desiguales la absoluta extrañeza se adquiere con dinero. Pero. El dinero
pierde su poder si reducimos su uso para el intercambio, para la compra
y venta de lo verdaderamente necesario; se acrecienta su poder, en
cambio, cuando aumenta lo suntuario. ¿Cómo adquirir lo innecesario si no
es con algo como el dinero? Se puede practicar la fuerza, exigir el
cumplimiento de un deber injusto, pero ¿hasta cuándo se puede mantener
esa situación? ¿La esclavitud no cayó por su propio peso? Peor: ¿Ha
acaso desaparecido? La manera más “política” de ejercer dominio y
fascinación, es a través de la cultura del dinero, de su ostentación, de
la entronización del absurdo. Las actividades de compra y venta de lo
necesario mantienen viva la ilusión, nos permiten creer que el dinero en
verdad sirve (y se necesita) para el intercambio, pero en verdad el
valor del dinero y de las cosas que compramos y vendemos, proviene de
los niveles de confort, lujo y comodidad a los que se puede llegar
exclusivamente con él y por él. Reducidos los privilegios, el dinero
perdería valor, no generaría ninguna fascinación, ningún poder sobre los
otros, no levantaría ningún muro, ninguna frontera mágica, ningún reino
de lo deseado e imposible. Las cosas valen verdaderamente en la medida
en que la necesitamos para vivir; pero el dinero y los privilegios que
conlleva pervierten el mundo de la necesidad, y tornan necesario lo
innecesario. Esto innecesario es profundamente deseado, y es por ese
deseo a veces desmedido que el dinero acrecienta su valor, y en la
medida en que más cosas superfluas se adquieren con más y más dinero,
entonces, hacia abajo, las cosas se valorizan, hasta que lo
verdaderamente necesario se re-carga del valor nacido de lo superfluo,
como buscando compensar, equilibrar lo que nunca tendrá equilibrio
porque nació de lo inequilibrado, de lo inestable por excelencia,
porque, ciertamente, no puede aspirar al equilibrio lo que nació como
privilegio de los menos sobre los más, de los muy pocos sobre los
muchos, élites que quieren conservar su situación y para eso tornan más y
cada vez más inasequible, inalcanzable su posición, levantando un muro
cada vez mayor, ahondando un abismo cada vez mayor, abriendo una zanja
cada vez mayor, abonando el muro, el abismo y la zanja con más y más
dinero, aunque, por lo que logro entender, no es el dinero lo que en
verdad se acumula y acrece, sino su valor, eso con lo que se compra –y
produce- lo superfluo, lo suntuario, lo innecesario. Por cierto, nada
más superfluo, suntuario e innecesario, que el poderío militar
alimentado por los tsunamis de dinero proveniente del narcotráfico. Que
el desplome de la economía de EEUU vaya acompañado del derrumbe del
estado paramilitar colombiano es una manera de leer que el dinero del
narcotráfico proveniente del Plan Colombia no ha sido suficiente para
sostener el valor superfluo del dólar y del american way life. ¿Qué
actividad global -debemos preguntarnos con no poca preocupación- podrá
seguir alimentando el valor superfluo del dinero?

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