La sorpresa o la planificación de lo inesperado



José Javier León

Maracaibo, República Bolivariana de Venezuela

IBERCIENCIA. Comunidad de Educadores para la Cultura Científica



Tres aspectos desarrolló el Dr. Fabricio Ballarini que, a mi juicio son dignos de mención: la sorpresa, como estrategia que permite “fijar aprendizajes cercanos”; la relación entre los videojuegos y el rendimiento de los niños; y la liberación de la carga mental como política pública.


En varios momentos el Dr. Ballarini comentó haber sido conmovido por los descubrimientos, de hecho insistentemente en su conversación nos hace partícipes de su asombro, y nos invita mediante ese recurso retórico a compartir su emoción. Sin duda debemos agradecérselo. No es usual este reconocimiento, pues a menudo en estos ámbitos se habla desde un más allá del bien y del mal, como de algo superado que ya no emociona por demasiado sabido. De ahí, creo, la aquiescencia de los sabihondos, su ceño fruncido y su voz engolada. Fabricio habla desde la emoción, con una voz que busca palabras para comunicarse, para exponerse. Eso me gustó.


Y me conmovió también saber que la sorpresa, esa emoción originaria, contribuye de manera tan decisiva en la fijación de recuerdos… Por cierto, hace un par de días en clase una estudiante me decía: conocer es recordar… sin saber que Platón hablaba a través de ella y que su sencilla frase era ya una reminiscencia.


La sorpresa entonces supone la incorporación de detonantes en las estrategias docentes, pero ¿dónde encontrarlos? Con seguridad en el arte, en el rompimiento de la rutina, en las salidas imprevistas, en los saltos y silencios. Hacer lo inesperado. No repetir como una regla de oro. Sin embargo, allí están los programas, las pautas establecidas, las reglas, atenazándonos, controlando nuestros movimientos, vigilándonos, reclamando nuestra obediencia. 


La sorpresa implica riesgo y por supuesto, correr riesgos. Mas no basta que los asumamos en solitario, necesitamos a la institución, el consenso, la comprensión de que están en desarrollo procesos que procuran lo súbito, lo inesperado, la irrupción de lo nuevo. Y lo nuevo es –en rigor- lo incontrolado. 


La sorpresa supone un manejo autónomo del tiempo y del espacio, un control en el (y del) descontrol, un sistema que debe desajustarse para percibir y captar el contenido intersticial. La sorpresa, no me cabe duda, es muy exigente. Requiere disciplina, apertura, capacidad de escucha y atención, experiencia y no poca sabiduría. Requisitos que, sabemos, no se cultivan en un mundo que tiende cada vez más a reducir al mínimo precisamente el campo de la sorpresa.


Y esto ocurre desde hace demasiado tiempo. Detengámonos en los llamados “libros de texto”, en general, desapasionados, fríos, inflexibles hasta el desencantamiento. Libros para ser “memorizados”, no para ser vividos y experienciados. Libros que no convocan ni animan a la sorpresa, es más, que la repelen como algo a-científico. No obstante, ¡cuántos inventos y descubrimientos han sido fruto de su aparición!


Lamentablemente, insisto, en el reino de la ciencia (escolarizada) nada más fuera de lugar que la sorpresa y su invitación a lo desconocido. 


Otros aspectos de la charla merecen, como dije, atención. Por ejemplo, los estudios recientes sobre los beneficios que reportan los videojuegos, algo que para los padres puede resultar controversial, con todo y que la cultura digital desborda cualquier plan de control familiar. Dichas investigaciones acaso puedan relajar las tensiones y acompañar a los padres protectores en la compleja comprensión de la actualidad.


Me parece insoslayable también lo referente a la pobreza y cómo ésta actúa en el cerebro y la capacidad de aprender de los niños. Al respecto, Ballarini, visiblemente tocado, invita a escuchar los descubrimientos de la neurociencia que fundamentan la ejecución de políticas públicas dirigidas a “aliviar la carga mental” de los más desfavorecidos, con la implementación de ingresos solidarios que les permitan dedicarse más integralmente a la atención de la familia, a los cuidados más sutiles, al aprendizaje, en fin, a la distracción que permite el uso del tiempo en actividades no vinculadas a la mera y cruda sobrevivencia. Cultivar el espíritu, la convivencia, la solidaridad y la armonía sólo es posible si no nos apremia el hambre.


Y he aquí que inevitablemente pienso en las políticas públicas que en mi país alivian la carga de las madres más pobres, de los ancianos, de los niños y niñas con diversidad funcional, de los ciegos que han recuperado la visión, de los niños y jóvenes que por millones han recibido computadoras y tabletas y bibliotecas enteras de manera gratuita. En fin, como si en efecto, los avances de la neurociencia se hubieran comenzado a atender de manera afectiva, efectiva y masiva.


Publicar un comentario

0 Comentarios