Leer la Odisea desde el cuidado. Una lectura femenina (Apuntes de taller)

Suele suceder que lo programado termine cediendo ante la irrupción de lo nuevo, ¡y qué bueno que suceda! Después de todo, si algo he aprendido es que, si pasa, es lo mejor y, antes bien, debo estar preparado, no al acecho sino como quien está listo para dejarse llevar. Sin embargo, en este caso, el giro merece mención especial por la importancia y la pertinencia, por la riqueza y la sorpresa que supuso. Me explico.

Cuando comencé a idear el taller «Leer la Odisea hoy, claves para una emocionante travesía», no conocía el libro Odiseicas, las mujeres en la Odisea (Seix Barral, 2021). El libro aparece cuando uno de los participantes lo comparte en el grupo que, al efecto, creamos para mantenernos comunicados. Lo pasó en ePub, formato que ha servido para poner al alcance y disfrute una forma de leer sumamente potente y todavía, creo, poco conocida. Incluso entre habituados a las lecturas, el libro electrónico y sus enormes ventajas no resultan familiares, a pesar de que son más amables y dúctiles de leer —sobre todo en la pantalla del celular— que los de formato PDF.

El punto es que el libro Odiseicas resulta el mejor y más completo compendio de temas que yo hubiera pretendido abordar en el taller que, los sábados, en la Biblioteca Pública María Calcaño, he impartido desde el año pasado a un grupo pequeño pero entusiasta de amantes de la literatura clásica, en el marco de las actividades de la Escuela Nacional de Poesía Juan Calzadilla.


En efecto, en Odiseicas están todos los tópicos y muchos más, amén de bellamente trabajados y desarrollados con una claridad y en una prosa tan elocuente y deliciosa, que la verdad leerlo es más que suficiente: es mar abierto y horizonte para navegar en un libro tan querido y tan sorprendente siempre.

Nos lo muestra, además, Carmen Estrada, fisióloga —especializada en el riego sanguíneo del cerebro y su capacidad para formar neuronas nuevas durante toda la vida— quien, tras jubilarse, como quien hace honor a su investigación científica, estudió y se licenció en filología griega, trazando unas coordenadas que pudieran parecer insospechadas.

Sí; hablo de una mirada feminista, aunque creo, sin ahondar en precisiones casi disciplinarias, que va más allá, pues toca algo esencial de lo que llamamos literatura. Me apuro y sumo en esta orientación lo que nos viene enseñando Irene Vallejo al introducir un elemento que los varones y la crítica patriarcal han desconocido rotundamente: el cuidado. Esa dimensión humana, más sensible que intelectual, más delicada que inteligente, más cercana, íntima y doméstica que mental; materia vital sin lugar a dudas —algo como el sine qua non— de la literatura, lo menos visible, pero acaso lo que, en rigor, la ha sostenido a lo largo de los siglos.

Hace Estrada una lectura que llamo «a contrapelo», algo como descorrer línea a línea para revelar detalles a veces nimios pero que descubren universos. Por ejemplo, estadísticas como quiénes lloran más, comparando la Ilíada y la Odisea, para descubrir que son «los personajes masculinos los principales protagonistas del llanto».

Señala Estrada que por siglos se ha leído con un sesgo misógino a Circe, creando tal lectura «un estereotipo que poco tiene que ver con el personaje que aparece en la Odisea, aunque sí con las versiones que algunos escritores influyentes del mundo clásico hicieron posteriormente de ella». En ese sentido, cuestiona que la crítica hecha por hombres se decante por Calipso: «Muchos hombres prefieren a una mujer entregada, que no tenga más poder que el que ellos le otorguen, que no les abandone nunca y que se quede desolada si ellos se marchan. Calipso cumple todos esos requisitos».

No son las mujeres en la Odisea botín de guerra ni objetos. Dice Estrada, refiriéndose a Helena, que «no está vista con ojos masculinos. No hay ninguna mención a su belleza, al amor o al sexo: de lo que suelen hablar los hombres cuando hablan de mujeres». Las mujeres en la Odisea toman decisiones, algunas están y reinan solas, tienen poder, se enamoran y eligen. Y si en la Ilíada prevalece la guerra, en la Odisea es el oîkos, el hogar.

«El oîkos, el hogar, la familia, la economía doméstica, lo que era responsabilidad de las mujeres en ausencia de los guerreros, se coloca en el lugar central de la Odisea y, o bien se idealiza, como ocurre en la corte de los feacios, o se convierte en meta, punto de llegada y aspiración del héroe, como es el caso de Ítaca. En ese terreno, en el que transcurre la mayor parte de la acción, la mujer se encuentra en una posición consolidada y se mueve con soltura».

Pero es en Penélope donde esta condición alcanza su forma más compleja y reveladora. Valga resaltar que Penélope es además un personaje liminar, y literariamente se encuentra en el borde y al borde. Dice Estrada:

«Penélope se encuentra en una situación insólita para una mujer durante muchos años. No depende de su padre porque es una mujer casada. No depende de su marido porque está ausente. No depende de su hijo porque es menor de edad. Es independiente, ejerce el poder en su casa y en el resto de propiedades y ha prosperado en ese empeño. Pero, a medida que pasa el tiempo, su posición se va haciendo más ambigua. Está casada y es casadera al mismo tiempo, pues cada vez es menos probable que el esposo siga vivo. Es madre pero está a punto de dejar de serlo al llegar el hijo a la mayoría de edad. Llora por su marido pero no es viuda. Es rica pero, a ojos de los codiciosos, vulnerable porque al ser mujer no puede tener riquezas por sí misma. La situación ha llegado a su límite».

Este desplazamiento del foco hacia figuras tradicionalmente secundarias se profundiza aún más con Euriclea, cuyo tratamiento poético confirma la inversión de valores que propone la Odisea. Como dice Estrada, la nodriza «tiene todas las papeletas para ser un personaje marginal en un poema épico. Es mujer, es esclava y es vieja. Sin embargo, se trata de un personaje complejo y bastante elaborado». Y cuando va al detalle filológico, descorre un velo más en el asombro porque una de las palabras con las que el poeta la caracteriza es períphrōn, «el mismo epíteto que identifica a Penélope en toda la obra y que significa ‘inteligente, sagaz’». Destaca, por cierto, que también se la llama Émpedos, que refiere a una cualidad física y mental y que se usa para calificar a Odiseo y nunca para otra mujer. De modo que, en cuanto a las palabras que la nombran, la altura y dignidad de Euriclea está a la par del héroe griego. 



Lo que da pábulo a una idea esclarecedora de la trama de este poema: las acciones suceden en espacios interiores, domésticos, muchos incluso íntimos, «donde no hay que alardear sino más bien ocultar, no dar órdenes sino disimular y engañar, donde hay menos discursos y más conversaciones».

En ese sentido, si bien no era semidios ni tenía la fuerza de un dios, Ulises tenía la palabra, el ardid, la astucia y la argucia para vencer las dificultades. Dice Estrada: «La fama en la Odisea se consigue por el engaño y la astucia (dólos y mêtis), no por el valor y la fuerza».

Igualmente, la inclinación por la palabra cercana y humana se advierte, como señala Estrada, desde la primera palabra de ambos cantos: dice Homero en la Ilíada: «Canta, diosa, la cólera de Aquiles», y en la Odisea, dice: «Háblame, musa, sobre el hombre de muchos caminos...». De la distancia mayestática, al deliquio casi de alcoba.

Y si se me permite un resumen lapidario: la Odisea está como entretejida de palabras, mas la Ilíada lo está de acciones. La Ilíada es un poema de gestos, de choques, de decisiones que se encarnan en el cuerpo. Su materia prima es la acción heroica, la furia, el combate, la muerte. La Odisea, en cambio, es un poema de relatos, de voces que narran y renarran. Es un tejido verbal: Odiseo cuenta, otros cuentan sobre él, y el viaje se vuelve palabra antes que hazaña física.

Es como decir que la diferencia esencial entre la Ilíada y la Odisea es que la primera es una épica bélica y la segunda, del ingenio. La Odisea, una poética de la narración, y la Ilíada, del acontecimiento. En resumen, la Ilíada se levanta sobre actos; la Odisea, sobre palabras. La Ilíada arde en acciones, la Odisea respira en palabras. «Se podría decir —afirma Estrada— que la Odisea es una obra más civil, más laica o, si se prefiere, más humana».

En sesiones del taller al que me referí comentábamos que nos parecía al menos extraño que la mujer, el sujeto mujer en la Odisea, fuera tan preponderante en un mundo o civilización históricamente patriarcal. Vino a explicarnos Estrada que lo que la Odisea produce es —y es acaso lo propio de la literatura— «un cambio en el orden de los valores», esto es, como lo mencionábamos en el párrafo anterior: se sustituye la fuerza de la Ilíada, por ejemplo, por el valor de la inteligencia: «En efecto, la inteligencia es la característica principal de los tres coprotagonistas: Atenea, motor de la acción; Penélope, la razón del nóstos, y Odiseo, el varón que regresa».

Como literario es —y moderno en el sentido que le dio Octavio Paz al término, como ruptura de la tradición— que entraran en la Odisea los marginados sociales: «las mujeres solas, los y las esclavas, las nodrizas, y en general (…) personajes que no se distinguen por sus valores heroicos sino humanos». En tal sentido, esos personajes serían impensables en la Ilíada.


De seguidas, Estrada complementa ese párrafo con una idea que también discutíamos en clase cuando nos preguntábamos por qué llegó hasta nosotros la Odisea. Dice nuestra autora que el libro ha pervivido porque esos valores han sido revolucionarios durante mucho tiempo y «no pueden extinguirse dado que van con la naturaleza». No obstante, lo que también ha dicho de muchas maneras es que ha existido una cultura, una literatura y una crítica patriarcal que, no obstante situar a la Ilíada y a la Odisea en un punto cimero de la llamada literatura universal, no nos debería hacer olvidar, como bien lo apunta Estrada, que haya habido un estudioso como Samuel Butler (1835-1902), que llegó a proponer que la Odisea habría sido escrita por una mujer, porque «Mucho de lo que resulta encantador en la obra de una mujer parecería ridículo en la de un hombre». Y en esa misma dirección, Farrington, en 1929, «corroboraba cómo los críticos de Homero de todas las épocas habían detectado algo no exactamente erróneo pero sí extraño en la Odisea que podría resolverse si ese “encantador” poema hubiera tenido una autora».

Maravilloso, entonces, resulta que haya llegado hasta nosotros, atravesando piélagos de misoginia y crítica patriarcal, para ofrendarnos una visión desde dentro del mundo griego que solo la literatura puede revelar y que crece y se alimenta en el alma y el corazón de lo humano. Es el cuidado de la palabra y la inteligencia, contra la desatención, la violencia y el silencio.







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