Lección de anatomía o el espectáculo diseccionado. Un acercamiento a Solapada ternura, de Tente EmpieDanza-Teatro

En medio del torbellino de imágenes, hubo una que, un poco más tarde, me convenció de que lo que era impresión, era certeza. Claro, esa certeza, que es epítome de la intuición. En un video que se proyectaba al fondo, casi al final de la obra, una composición de actores me recordó «La lección de anatomía», de Rembrandt. Lo comenté en la ebullición de las emociones y, sí, la imagen también surgió entre los referentes de amigos y amigas que nos hallábamos sacudidos por la propuesta estética, por el lenguaje de Silvia Martínez, desplegado junto a su tren de actrices y actores en Solapada ternura, pieza estrenada en el Bellas Artes de Maracaibo este pasado 29 de abril, Día Internacional de la Danza.


La referencia al cuadro del maestro de la penumbra viene a cuento porque la obra supone cierta disección. Es, de algún modo, la sociedad espectacularizada la que está sometida a interpelación. Asistimos, protegidos por la sala de teatro, a una catarsis que nos permite ver los restos vistosos, coloridos, enmascarados del espectáculo como concepto, recargado de movimientos involuntarios, de temblores que reproducen el ritmo de la ansiedad y de la desesperación.

Como de danza hablamos, todo ello se refleja en los cuerpos contorsionados, como también —y sobre todo— en los que brincan o dan saltitos —verticalidad acompasada con el pánico— y nerviosamente baten sus manos —temblor de vértigo— en gestos que piden, pero que nada podrían recibir por la velocidad de los sacudimientos.

Anoté in actu: «Presencio las ruinas de la seducción, la taquicardia de la angustia, los tics de la desesperación. El desconcierto de los simulacros. Cuerpos al borde de la parálisis».

En el cuadro de Rembrandt, el cirujano Tulp está halando tendones que hacen mover la mano cadavérica. Como lo explica María Gabriela Sartori disertando sobre la pintura¹, esta «no retrata una lección estática, de anatomía descriptiva, sino una de fisiología y anatomía funcional; esto se observa en la forma en que dos de los observadores dirigen sus miradas: uno hacia el antebrazo diseccionado, en busca de la flexión de la mano sobre la cual el Dr. Tulp tira de tendones y músculos, y el otro hacia la mano del propio Tulp, que representa el movimiento y lo que sucederá en el cadáver». Antes había dicho más: «El profesor está dando una clase y simultáneamente disecando sin la necesidad de leer ningún libro».

He ahí las dos claves: mirar la mano y mirar lo que la mano hace; mirar la mano diseccionada y mirar, en el cadáver, el movimiento que ya no tiene vida pero que, sin embargo, se vuelve visible. Rembrandt —como Solapada ternura— nos conmina a ver simultáneamente la materia y su gesto, la carne abierta y la acción que esa carne todavía sugiere.

En la más reciente apuesta de Tente EmpieDanza-Teatro es la sociedad del espectáculo la que está siendo diseccionada, y lo aprendemos y acompañamos conmoviéndonos hasta las lágrimas porque, de algún modo, somos ese trizado por el bolero: «Drama, comedia y aplauso, acto público y telón, tu vida es una comedia, no me gusta tu actuación».

Por otro lado, y si bien todo el cuerpo tiene acción y presencia en el espectáculo, las manos que se sacuden, que tiemblan, que piden, que señalan, que apuntan, marcan el compás sincopado de esa tensión que late en el escenario y que nos deja desnudos frente a quien está expuesto para nosotros, pero cuyos pies sondean el abismo de la irrepresentación: el estar sin estar, el ser de lo que ya no puede ser o no será ya más en la crisis cenital del mundo. 


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