Y de pronto, se cumplen 100 años de la muerte de Udón




Este 24 de julio se cumplen 100 años de la muerte de Udón Pérez, una muerte que, como ocurre con algunas sin duda memorables, en vez de muerte se traduce en una forma de vida ulterior que puede llegar a superar con creces la existencia física y su finitud. Fueron, hay que decirlo, 55 años intensamente vividos, suficientes para crear una obra que su pueblo acogió hasta el punto de despedirlo convertido en multitud doliente.

Sí, su obra fue disfrutada y exaltada en vida del bardo —pocas veces tan bien empleada esta palabra—, pero varios factores conspiraron para que no trascendiera más allá y, para ser más exactos, para que no saliera de acá, de este su terruño, del que apenas él mismo salió, casi una isla rodeada por el inmenso lago.

Una separación geográfica y luego un silencio editorial prolongado dieron lugar a una lectura que no pudo estar más avivada y animada por el carisma del poeta. Además, no pasarían muchos años para que la avalancha de las vanguardias dinamitaran el verso depurado y medido, introduciendo nuevas formas: el verso libre, la experimentación. Trilce (Lima, 1922), por ejemplo, haría estragos en la métrica, el ritmo y las búsquedas.

Los poemas de Udón y toda esa escuela sentimental pasaron a formar parte de los pesados decorados rococó que asfixiaban las tardes con sus vapores y humor de flores rancias. Otras urgencias fueron apareciendo y es hoy —cuando ya mucha agua ha corrido bajo los puentes— que su poesía reclama reedición y revaloración a la luz de las ideas, fuerzas y tendencias que debieron asomar para que en 1924 nos entregara acaso el poema más actual de su obra, Oro rojo, en el que descuella una voz extraña en el conjunto pero que bien deberíamos rastrear en lo concreto, en el línea a línea que su amplia producción reclama.

Se lo debemos y nos lo debemos. Para entender, aplaudir, enternecernos con su escenografía histórica, pero también para asombrarnos con su puntería, con la fuerza de su lucidez cuando le tocó nombrar la realidad de la opresión que vaticinaba, en efecto, tal un vate de la antigüedad.


Muchos jóvenes poetas que vivieron las sacudidas de finales del siglo XIX y del XX no lograron superar con sus cuerpos la tercera década, pienso en Julián del Casal, en Elías David Curiel, en el mismo Rubén Darío. Revoluciones, guerras y cambios profundos y drásticos de la economía y lo social se ensañaron en sensibilidades dadas a ambientes bucólicos, señoriales, delicados, que de pronto vieron sacudir sus cimientos y derrumbarse los edificios. En la caída, cayeron, y de un derrame cayó Udón, en 1926.

Explorar esa crisis y verla cómo se traduce y trasluce en la obra es parte de nuestro compromiso; así como releerlo y aproximarlo a las nuevas generaciones, sobre todo para que esa ciudad que era la suya no se pierda definitivamente. Y también, ponerlo en relación con sus contemporáneos y proyectarlo más allá, de modo que haga parte del canon y su voz sea reconocida más allá de su solo nombre.

Porque creo —y lo planteé como hipótesis en el conversatorio del viernes 17 en la Biblioteca Pública del Estado— que no hemos cambiado mucho: seguimos siendo un público entusiasta pero superficial, más dado a la fiesta y la celebración que al estudio y la comprensión. Y ahora, casi ni lo uno ni lo otro; celebramos su nacimiento o conmemoramos su muerte, sin apenas leer su obra.

Colocar su poesía en su justa dimensión es un compromiso que no podemos soslayar.

Publicar un comentario

0 Comentarios