Presentación de Filosofía de la imaginación, de Gabriel Jiménez Emán


Estamos frente a un libro ambicioso. Una vitrina de temas, de aciertos, de contrapuntos que se despliegan con un tono discurrente, persuasivo, documentado y sensible, como quien pulsa teclas una a una, desglosando y explicitando para regalarnos conceptos como sentencias, frases con alegría de desiderátum, con ese fragor de las ideas que se precipitan rumorosamente hacia este valle donde las letras son solaz, mansedumbre y patio.

¿Puede ser un libro una suerte de enciclopedia lúdica? Sí, seguro que sí; algo abigarrada y, sin duda, barroca también.

Gabriel Jiménez Emán, ese señor de la palabra, nos pide un momento para la lectura prolongada, una tarde que se extienda más allá de toda prisa, y que nos devuelva, frente a un mundo desatado en horrores y calamidades, a la paz crítica del argumento.

Un enorme placer nos concita este libro y esta apuesta. Quisimos que ofreciera guiños a la joven población lectora y que, en una suerte de pequeño universo, encontrara visiones variopintas y prismáticas que van de la filosofía a la revelación, de la poesía a la novela, a través de clásicos, nombres y experiencias que nos confirman que la lectura —y en especial la imaginativa— es encuentro con los otros y, por ello, vence la soledad.

Una palabra se me aviene cuando descorro el libro para presentarlo: enjundia.

En su sentido literal, enjundia refiere a la grasa de algunas aves, con usos en la medicina popular y, por supuesto, en la cocina. Un poco gordo es entonces el libro, pero de grasa útil, saludable, comestible. No obstante, donde más rebosa es en lo figurado: enjundia es lo más sustancioso o importante de algo, lo más relevante y profundo, lo que posee fuerza.

Y si vamos a la revelación etimológica, más al grano llegamos. Del latín tardío nos llega axundia, la grasa que lubrica los ejes.

Esa grasa permitiría entonces el movimiento. ¿Y qué es la vida? Respondamos con una cita de Monterroso que Jiménez Emán nos aproxima: «La vida no es un ensayo, aunque tratemos muchas cosas; no es un cuento, aunque inventemos muchas cosas; no es un poema, aunque soñemos muchas cosas. El ensayo del cuento del poema de la vida es un movimiento perpetuo; eso es, un movimiento perpetuo» (p. 320).

El movimiento es esencial en tanto «la fe —sustento de la religión— no se basa en argumentaciones razonadas, sino en la creencia en una fuerza superior inexplicable que al mismo tiempo mueve las cosas del mundo, la cual puede o no derivar o emanar de un Ser Supremo (Dios o los dioses)» (p. 144), pero a sabiendas de que este ser ha de estar sustentado en el conocimiento. Y la actividad cognitiva, hasta donde se sabe recientemente, está estrechamente relacionada con la grasa...

En un artículo sobre antropología y cognición de Ana Navarrete, del Anthropological Institute and Museum de Zúrich, publicado en la revista Ciencia Cognitiva, «El coste del cerebro humano», leemos que «los cerebros grandes, como las acumulaciones grandes de grasa (...) actúan como “salvoconducto” en periodos de carestía. Las especies con cerebros grandes son capaces de amortiguar el efecto de periodos de hambruna mediante estrategias cognitivas, mientras que las especies con grandes reservas de grasa pueden usar éstas para sobrevivir». Nuestra especie desarrolló ambas tendencias: grandes cerebros con acumulaciones de grasa que representan entre un 16 y un 23 % del peso corporal.

Si seguimos la metáfora, deshilvanando la palabra enjundia, que nos llevó de la grasa al movimiento y del movimiento bípedo al cerebro, un libro como Filosofía de la imaginación está diseñado en su cosmos larvario para servir de salvoconducto en tiempos de carestía, para alimentarnos en periodos de hambruna.

Hoy, cuando la inteligencia artificial destruye de manera vertiginosa la creatividad humana, cuando la cantidad y la calidad de las ideas chocan con la predictibilidad de las máquinas y su remake infinitesimal, agradecemos en Jiménez Emán su voluntad de escritura, su arreciado amor al pensamiento, al decir. Nos ofrenda, a nosotros sus lectores, la posibilidad de convertirnos en filósofos, en pensadores, en un libro donde las ideas se presentan «como un océano amable de pensamientos en constante movimiento, dentro de un fluir inagotable de la mente y del corazón humanos» (pp. 66-67).

Cierro estas breves líneas haciendo mano de un recurso provisto por el propio Gabriel cuando nos anuncia que: «...se despliega todo un universo de logrados registros en los textos siguientes, cuya completa referencia en esta nota prologal resultaría redundante, pudiendo el lector constatar por sí mismo la cantidad de momentos eficaces que pueblan estas páginas…».

Me adhiero a ese llamado y, con Filosofía de la imaginación, os dejo: biblioteca, camafeo abundoso, cendal de voces tendidas hacia la esperanza.



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