A los maestros y maestras que se inician



José Javier León
Maracaibo, República Bolivariana de Venezuela
IBERCIENCIA. Comunidad de Educadores para la Cultura Científica
Publicado en: IBERDIVULGA

No les habla de ninguna manera “la voz de la experiencia”. Soy uno de ustedes, mas necesito comunicarles unas ideas, algunas reflexiones, producto de lecturas y sí, por qué no, experiencias que he tenido en más de una década de docencia formal y otra más de prácticas informales en talleres y cursos intermitentes.

Además soy papá y eso creo, ayuda a tener una visión y dimensión sobre la docencia que vale la pena sistematizar, comprender y poner a disposición de los más jóvenes, los cuales, como me ocurrió en su momento se pueden sentir motivados a leer palabras de alguien sólo un poco mayor acaso por aquello de saber hacia dónde van los pasos del enseñar y especialmente, del aprender a enseñar. Y lo que acaso sea más complejo, del aprender a aprender. Tarea ésta que es de todos, maestros y estudiantes.

Desde la Escuela de Letras recuerdo las lecciones de Rainer María Rilke[1] a un joven escritor[2]. Las palabras que le dirige en un pasaje de ese libro, sustituyendo escribir por enseñar, apuntan certeramente a lo que deseo trasmitir: “adéntrese en sí mismo. Escudriñe hasta descubrir el móvil que le impele a enseñar. Averigüe si ese móvil extiende sus raíces en lo más hondo de su alma. Y, procediendo a su propia confesión, inquiera y reconozca si tendría que morirse en cuanto ya no le fuere permitido enseñar. Ante todo, esto: pregúntese en la hora más callada de su noche: "¿Debo yo enseñar?". Vaya cavando y ahondando, en busca de una respuesta profunda. Y si es afirmativa, si usted puede ir al encuentro de tan seria pregunta con un "Sí debo" firme y sencillo, entonces, conforme a esta necesidad, erija el edificio de su vida.”

De eso se trata. De enseñar en el límite, allí dónde gravitan la vida y la muerte, las cosas últimas. Enseñar, erigiendo sobre esa decisión el edificio de la vida.

El otro maestro que me viene a la memoria es Paulo Freire, a quien conocí de pasada en la Escuela de Letras pero al que, pasado el tiempo volví con mayor amplitud. De él aprendí que “el enseñar no existe sin el aprender, y con esto quiero decir más de lo que diría si dijese que el acto de enseñar exige la existencia de quien enseña y de quien aprende”. Insistía Freire en que el maestro debe enseñar “no como un burócrata de la mente sino reconstruyendo los caminos de la curiosidad -razón por la que su cuerpo consciente, sensible, emocionado, se abre a las adivinaciones de los alumnos, a su ingenuidad y a su criticidad- el educador que actué así tiene un momento rico de su aprender en el acto de enseñar. El educador aprende primero a enseñar, pero también aprende a enseñar al enseñar algo que es reaprendido por estar siendo enseñado.”[3]

Finalmente, años después llegué al principio, al origen de las ideas sobre la educación que hoy me acompañan y que más quiero hacer mías. En especial, confieso que cada tanto me detengo a tratar de penetrar el sentido de estas palabras que Simón Bolívar, el Libertador, pronunciara recordando a su maestro, Simón Rodríguez: “A esa mi edad (nueve años) me parecía maravilloso hacer lo que se me diera la gana. Robinson me sometió pues a un proceso de objetividad. Alejó de mí la enseñanza y de ella la virtud y la verdad para dármelas solas, preservándome de vicios el corazón y de errores el ánimo. A veces cuando me aburría me lo explicaba: Debo –decía– dejar por sentado señorito Bolívar, que su educación no debe conocer mucho menos saturarse de nada. Si puedo hacer por usted el de llevarle hasta la edad de doce o trece años, sin que sepa usted distinguir su mano derecha de la izquierda, sé que cuando esto ocurra, desde las primeras lecciones que voy a darle se abrirá su entendimiento a la luz de la razón, sin resabios ni preocupaciones. Nada habrá en usted que pueda oponerse a la eficacia de sus afanes, en breve, doy a usted mi solemne compromiso, de que será sino el más sabio, el más aguerrido hombre en particular, que será un portento en la historia del mundo.”[4]

Cuando esto leo y releo, pienso en mi y en todo cuanto se pueda decir sobre la docencia, los maestros, la ciencia y el conocimiento, y las palabras de Rodríguez, “…su educación no debe conocer mucho menos saturarse de nada. Si puedo hacer por usted el de llevarle hasta la edad de doce o trece años, sin que sepa usted distinguir su mano derecha de la izquierda…” me conmueven y me invitan constantemente a revisar mi relación con los estudiantes, con lo que creo que sé y lo que creo que deben aprender en función de qué proyecto de país, en función de qué futuro.

Me asalta además la pregunta: cuán lejos estoy, o estamos, de aquellas palabras, de todas las que nos repiten hoy y siempre que enseñar va más allá de los conocimientos aunque, paradójicamente, tales palabras cargadas de fuerza y silencio y noche, provienen de personas en las se concentran siglos y tradiciones, es decir, que han hecho del conocimiento memoria vital, fuerza creadora.

Por eso más recientemente, William Ospina, escritor colombiano, nos decía bellamente: “… que son grandes maestros los que abarcan todo el saber y transmiten toda la tradición, pero que también son grandes maestros los que critican esa tradición y los que se rebelan contra ella. En los momentos claves de la historia se cruzan esos jóvenes con miradas de ancianos y esos ancianos con alma de niños, y desbaratan el mundo.”[5]

Necesitamos entonces, queridos colegas, saber, pero sobre todo, saber borrar, entender que lo que sabemos se vuelve nada frente al todo, y que el enseñar es una aventura conjunta, un viaje que hacemos con nuestros estudiantes, con esos jóvenes que llegan por azar a nosotros con una fe ciega en que sabemos, que somos portadores de conocimientos, casi libros o biblioteca vivientes. Y sobre esta base lapidada por tabúes y fetiches levantada durante siglos de dominación y patriarcalismo, nos toca, con humildad, comenzar a descombrar, a limpiar, a deshacer prejuicios y temores comprendiendo que nos necesitamos para caminar juntos, que nada podemos solos, que nos hacemos y nos debemos los unos a los otros… y que en ese andar, calificaciones, exámenes, evaluaciones, no sólo están de más sino que responden a formas caducas de control y despotismo que, la verdad, niegan la vida en lo que de más profundo y significativo tiene.

La enseñanza no se confirma con la respuesta unánime de un salón uniformado sino con la convicción conjunta de que más allá de los muros, hay puertas y ventanas abiertas a la aventura, a la creación, al nacimiento de lo nuevo. Y en ese camino nos encontraremos todos, felices de no saber, toda ciencia trascendiendo.









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