Señuelos para invitar a leer Nadie y Ninguno, de César Seco

¿Hay todo y nada? ¿Existe una manera de estar sin estar? Ser y no ser se encuentran y desaparecen en la hoja en blanco, en una escritura que busca borrarse para alcanzar su definición mejor. Hay palabras –dice César- que nos desdicen y son las que mejor nos dicen.

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Señuelos para invitar a leer Nadie y Ninguno, de César Seco

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Todo está lleno conjuntamente de luz y de oscura noche

Parménides

 

¿Hay todo y nada? ¿Existe una manera de estar sin estar? Ser y no ser se encuentran y desaparecen en la hoja en blanco, en una escritura que busca borrarse para alcanzar su definición mejor. Hay palabras –dice César- que nos desdicen y son las que mejor nos dicen.

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En Nadie y Ninguno, César Seco ausculta un lugar donde la decisión es estar en el filo, en una esquina, en un punto en equilibrio donde la materia de volatiliza, se convierte en borde o fisura, un allá o acá antes del hacha o el desplome.

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Un lugar pre-sciso donde –el tocado de noche- toma la decisión de ambular en el filón de la duda, pisando con pie de nube la hoja que zanja el ser en dos, el que es y el que fue, cuerpo y sombra, ayer y hoy, pasado y presente, entidades que se topan en un siempre que ya no es y que un abrazo recupera en un cuerpo que llega y, de un soplo, polvo es. Tiempo aquel cuando las cosas se hacen ausencia o se deshacen en un abrir y cerrar de ojos en el espanto súbito. Valga apuntar que es saber antropológico que en el trance del espanto perdemos el alma. Que por la vía del espanto el sujeto se encuentra con un universo radicalmente diferente de su universo habitual y, por otro lado, queda fuera de su envoltura, de su membrana protectora. No es nada casual sino parte del fatum poético de César, que de esta puerta que Nadie abre y Ninguno cierra tenga una posible llave el poeta órfico Elías David Curiel. Como también otro poeta de la Coro lunar que conoció los poderes extractores del espanto, el poeta tutelar Rafael José Álvarez. En una pincelada novelesca, acuarela o cromo:

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Álvarez hunde su mano pata de cabra
espeluznada en el bolsillo de su pantalón
padrino de casimir extranjero.

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O bien, tras una mirada perspicaz, César captura con trazo caricaturesco la instantánea de una cara silueta:

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totémico rostro, perfil italiano:
todo un maestro de tacones torcidos.

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Quien lo conoció, lo vio con sus medias caídas, su pelo al aire blanco «con su ruma de libros bajo el brazo, con su paso ágil, su tranco de seminarista, inalcanzable», dice César de Enrique Arenas, en remembranza que aparece en su novela inédita La llave de arena.

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Guíennos pues dichas ánimas por algunos recovecos de este libro que –como escribe César- «dice lo que callaba en la cerrada habitación de mis deseos».

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Nadie y Ninguno es poesía del des-hacimiento, de lo que se desvanece para re-hacerse en la memoria. De lo que fue y regresa deshecho, o mejor, des-leído. Las cosas se escinden en la luz y lo ido regresa en las manchas del mantel, en un rin de bicicleta que aparece en una esquina, en enseres viejos que despiertan, en diarios abandonados, en migas sobre la mesa,

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Está todo y no está. Ayer es/ hoy.

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¿Cuándo se vuelve, adónde se vuelve? Lo que fue ya no es, es otra cosa. Pasajeros en la brevedad de este sueño, dice César, «Algo que se escurre en el gris desagüe de los días». Ayer es hoy y siempre, donde estuve, donde seguiré estando en los pasos de Nadie. Ética del borrarse para revelar la profundidad de la inexistencia, como si de un recado de Dios se tratara. ¿Qué nos dice con su voz pausada? Un libro en el que las cosas están en movimiento, son seguidas o vigiladas. Mirada virada, a veces con algo de sigilo o cautiva. Importa el ver y se persigue con la vista porque todo de alguna manera está siempre a punto de desaparecer, y cuando se lo ve, en ese instante, ya es con la nostalgia de lo irremediable, de lo que se irá también con nosotros.

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el otro lado de la acera seguía mi
andar un niño de mirar estrábico

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Esto es, una mirada que no obedece a la lógica lineal, sino que se bifurca o descentra. En la literatura mística o visionaria, es un ojo que no mira como los demás. Camino de inferencias que nos conducen a la mirada de Antonin Artaud, que se vuelve convulsiva, descompuesta, como si el cuerpo mismo no pudiera sostener la visión del mundo. El poeta se convierte en un médium de lo inestable.

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Nadie y Ninguno, de César Seco | Ed. Urgente, 2025

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El mirar estrábico es también doble o en todo caso, traza paralelas, líneas que no se tocan y devienen historias o relatos que tiene cada uno su propia perspectiva, su propio punto de fuga. Y cuando no son dos los que se topan en un punto de humo y se separan o esparcen, es uno que se enlunece, una alucinación, un cuerpo vacío, por donde se asoma una luz que ilumina las palabras o redondea las cosas para infundirnos alguna certeza.

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El auto andando
solo en otro lugar que no es este
donde estás.

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El caminar, pasar y los pasos son acciones que atraviesan el libro y las calles de ese sueño multiplicado. Son calles/ovillos deshebrados:

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Unas salen de donde otras entran, trozos
andados y desandados tras ese alguien de
paso lento

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Son avenidas que se deslizan a través de escondrijos por los que se entra o sale hacia ninguna parte, callejones sin salida, por las que un él recordado o ya olvido, surca, atraviesa, se escurre, es o no es, emerge, sube o baja, se pierde en un vuelo desnudo por el aire.

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Hay una arquitectura onírica con vistas a la realidad, solo que una realidad –de qué otra forma podría ser- que calza sus formas en el sueño, superficies que se hunden o espejean, que se mueven ondulando.

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Un incierto luga
sin techo, y no hay piso debajo y la puerta se
prolonga más allá de la pared que te trajo al
sueño.

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Es Coro y sus calles, Vuelvan Caras, Libertad, Democracia –nombres que apuntalan la grilla histórica de nuestro derrotero republicano-, amén de algunos sitios icónicos donde se liba nostalgia y el sueño de una urbe, con el recuerdo de su cabra solar y su quebrada furiosa. Contornos que parecen físicos, que aluden a puntos en el espacio, el cuerpo, o el tiempo, pero que se trastocan, disuelven, vacían o borran porque pasó la página el viento en el sueño:

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En un íngrimo lugar de tus ojos hoy
llueve ayer.

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 O bien

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Me
suelta cual trozo de nube en ese lugar
con plaza y sus árboles enlunecidos.

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Una ciudad avistada y habitada en alucinación, vivida y vívida. Plazas, calles, esquinas, cuadras, semáforos, rayados de peatón, aceras, todo tan real como para que el fantasma no se extravíe en medio de…

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Sitios ya
irreconocibles y otros [que] se están
borrando

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Lo que es, sin embargo, está escrito a la medida del sueño. Una escritura que comparece con la realidad que se borra o hace sombra. He aquí una clave, la mirada y el lenguaje no revelan, interrumpen el ser de las cosas y, en última instancia, del propio Ser. Por eso el yo en Nadie y Ninguno es una constante impersistencia: ya no es, es un soplo fugaz, es la verdad que borra la mentira.

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Soy, dice la voz que se difumina en la vidriera
el pan letrado de tus
migas, o bien, la tachadura, el último
borrón en el cuaderno blanco ignorado.

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Porque en la noética de Nadie y Ninguno, las cosas solo pudieran ser plenamente en su anonimato, en su silencio o en su sombra. En Nadie y Ninguno evocamos a Odiseo cuando se nombra «Nadie» ante Polifemo, o el «Ninguno» de la mística negativa. Son nombres que se niegan a ser nombres, que rehúyen la identidad fija. Estamos en presencia de una epistemología del anonimato, donde el conocimiento no se impone, antes bien se deja entrever en lo que no se dice.

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César Seco despliega en Nadie y Ninguno novedosas coordenadas de la ruta apofática al buscar la unión con lo divino no a través de afirmaciones, sino mediante la negación de todo lo que puede decirse o pensarse sobre Dios. Una vía de silencio, despojo, y oscuridad luminosa. El verdadero conocimiento de lo divino es un des-conocimiento, una sabiduría que nace de la renuncia a comprender. El alma entonces se eleva al perderse, al dejar de ser sujeto que conoce para fundirse con lo Otro.

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Subirá a lo alto la piedra y volverá
a descender con ella atada al cuello.
Querrá dar voz a su torcida boca y ]
sólo podrá escuchar el salivar de su
balbuceo arrojado en la oscuridad.

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En esa noética, las cosas no «son» cuando se nombran o se iluminan, sino cuando permanecen en su sombra, en su silencio, en su ser sin espectáculo. Por otro lado, es afirmación de lo inefable, una forma de saber que no pasa por el lenguaje explícito, sino por la intuición, la resonancia, la presencia callada.

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El nombrar no alcanza y más vale callar, como sentencia Wittgenstein, no obstante, hay que decir que no se puede decir –con palabras decir palabras– y decirlo de tal manera que el decir desaparezca detrás de la escritura. Al hombre le basta encontrar el punto de la nada, dice y cita César a Vladimir Holan.  Acaso por eso, la escritura misma toma el lugar de las cosas. Los puntos finales cierran, los puntos suspensivos son las marcas del cansancio, porque en el juego de espejos las palabras que no pueden decir las cosas devienen las cosas mismas y al llegar al papel, y desaparecer, logran lo imposible: que las cosas desaparezcan para que aparezca el silencio primordial.

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Son palabras:

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Huyendo de significado, de manido lirismo
sostenido, resistiendo al símbolo, solo hoja
del cuaderno

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En lo que se va de súbito, tras lo ido, queda el silencio. Escribió Lie Zi en El libro de la perfecta vacuidad, «la palabra suprema es el silencio y la suprema acción el no actuar»

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Dice César, en eco reverberante:

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Hay palabras que nos
desdicen y son las que mejor nos dicen.

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Sujeto poético en palabras convertido que «van, avanzan, retroceden./ Centrífugos meteoros en fuga por el margen.» Si se va, habla el silencio. Es Nadie y Ninguno un registro somno-etnográfico del movimiento. Todo en constante ondulación flota, se sacude, cambia de dirección, en ángulos o esquinas de agua; o bien, con el zigzag ardiente de la iguana. Pero lo suyo de natural es la flotación o el extravío. Cuerpos en vacilación parpadeante, como ondas que se deslizan o tropiezan con paredes de revoque mullido, de cal como médano blanco, superficies que se abren y cierran como cortinas de íngrimo espesor – la valva del espejo que se olvida del sonido y de la noche, dice Lezama, membrana que separa el mundo visible del invisible, lo real de lo imaginado, lo presente de lo mítico – y, que sin embargo, o por eso mismo, separa mundos, dimensiones, otredades u otras-edades, realidades del sueño que están y de pronto ya no. Siempre más allá de la pared –paredes que no cierran- que nos abren al sueño, «más allá de donde/ no sabemos qué es mundo y qué no».

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Toma notas en mesa ubicua este Alguien que estuvo escribiendo hasta dejar solo una nube en el cielo. Presta oídos para dejar constancia del entorno caleidoscópico que pasa y desaparece, así como del repertorio de movimientos que convierten a Nadie y Ninguno en galería kinésica, archivo cinético de la materia, cristal a través del cual las cosas se ven/están —«ahora»— en acción, fuga, sueño.

 

Te percatas que alguna vez
fuiste pasajero en la brevedad de
este sueño que se difumina en la
vidriera.

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Hay una suerte de plano doble, o fondo y trasfondo, donde lo que vemos transcurre en otra instancia, en otro espacio y tiempo. Nos dice César desde su experiencia trans-humana, que la vida está sucediendo en otro lugar y lo que leemos en su libro es el parpadeo, el resquicio, la grieta, un claro/oscuro, un abismo que es el vano entre-abierto y cerrado donde el ser flota:

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estoy en una
puerta que Nadie abre y Ninguno
cierra.

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Describía John Keats, en carta fechada en 1817, que era propio del poeta permanecer «en medio de incertidumbres, misterios y dudas sin una búsqueda irritable de hechos y razón». Es decir: aceptar la ambigüedad, vivir el misterio sin tratar de imponerle sentido.

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Como lo dice César:

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Su único sentido es no hacer
negociable lo que esa voz deja dando
tono al silencio

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O de un modo más prosaico y con no poco humor, en el poema AUTO

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La manguera del sentido se rompió,
hubo derrame de gasolina…

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Cómo no recordar, por otra parte, en volandas de las espirales concurrentes, el poema de Emily Dickinson

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No soy Nadie! ¿Quién eres tú?
¿eres tú ― Nadie ― también?
]es que hay un par de nosotros?

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Dice Carlos Surghi[1], que Dickinson «desarrolla una capacidad negativa a la que podríamos denominar la felicidad del anonimato como inscripción del verdadero nombre: qué triste ― ser ― Alguien!», dice la poeta norteamericana.

En esa dirección, la felicidad del anonimato la experimenta el ser poético de Roberto Juarroz cuando dice:

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…el centro de la alegría de ser alguien
es la alegría de no serlo,
la comprensión exacta
del dibujo de la red que manejamos,
en este neto oficio
de pescadores que no pescan el pez
sino la pérdida del pez,
hasta llegar a pescar la propia pérdida.

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Desaparecer para ganar la alegría, la serenidad, la ataraxia de ser y del Ser corresponde, como vemos a una larga y extensa tradición poética en la que César Seco participa y Ser Nadie, dice Carlos al respecto de Dickinson, es el fin de un recorrido, el término de cierta edad de la poesía y el comienzo de una ruta hacia la modernidad de lo incierto que hace del poema un lugar enigmático.

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Quedémonos nosotros con el poema como ese otro lugar distinto a donde iba y no llegué, íngrimo, incierto lugar de lo que fue. O más claro, entendiendo aquí claridad como el no entender entendiendo, de San Juan de la Cruz:

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El sueño vuelve a mirarnos con
los ojos del lugar donde nunca estuvimos.

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Ambas ideas comparten una raíz profunda: la aceptación del misterio como vía de conocimiento. Keats, la capacidad negativa y San Juan, la teología negativa. Ambas posturas se oponen al impulso de dominar lo real mediante el intelecto. En lugar de eso, proponen una apertura radical al no-saber, al silencio, a lo inefable.

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A media cuadra de responder vuelvo a
la esquina de no saber, dice César.

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Cuando se trata de llegar al silencio, César elige la fraseología críptica, la cual transcurre en una especie de presente expandido o estratificado, donde la experiencia fluye entre calles reales y visiones. El tiempo verbal aquí sostiene esa vibración entre lo vivido y lo imaginado, entre el paso y el soplo, entre la identidad en tránsito y el misterio del «otro que me sigue». Estamos en una presciencia que deja escuchar al fondo el croar de una rana. «La noche va a la rana de sus metales…», dice como anillo al dedo, Lezama, para alojar la imagen en una dimensión sonora y simbólica: es la noche que se dirige a la rana como si esta fuera un instrumento de resonancia secreta. El croar sugiere sonido metálico, ritual, alquímico, una clave susurra en el fondo de la noche conjetural, como si la realidad misma emitiera signos que solo el oído poético puede descifrar.

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César Seco

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Es la orquesta espumosa de ranas/ y sapos burbujeantes, dice César en Nadie y Ninguno, o bien en un poema de otro libro, de otro registro…

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la burbuja de un batracio
respirando su tonalidad

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Es la rana figura liminar, nocturna, oracular —y eso la acerca al misterio y al lenguaje hermético y nos pone en la senda de Nadie y Ninguno, en esa suerte de condición anfibia en el que la voz poética, arriba, entra «por un espejo de agua y [sale] por otro de aire»

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Anfibio y anfibológico comulgan. El anfibio habita dos medios; la anfibología, dos sentidos. Desde una mirada simbólica, el lenguaje anfibológico es como el anfibio que resbala entre significados, se sumerge en lo ambiguo y emerge en lo polisémico. Como en la poesía barroca (Góngora o Lezama), el lenguaje se vuelve anfibio, respira en lo literal y lo simbólico a la vez.

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Anfibio y metamorfosis van de la mano por el sendero especular. Lo anfibio remite a lo doble, a lo que se mueve entre aguas y tierras, entre significados. La metamorfosis, por su parte, es el tránsito, la transformación. Y en la senda de lo doble… el hechizo: caminar por el espejo, recorrer el borde entre la imagen y su reflejo, entre lo que somos y lo que podríamos llegar a ser.

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En Nadie y Ninguno, la canción que no escuchamos hoy,

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Clama en el agua
Y en la piedra florece.

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Es el lugar de las transformaciones, de las metamorfosis vertiginosas:

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Conoces tú un perro que parezca
hombre y sea en verdad perro

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Para subir de súbito y regresar a ese otro lugar distinto a donde iba y no llegué. El lugar de lo que fue, donde nos encontramos al doblar la esquina de ayer con el cuerpo que fuimos, con el que ya no somos, aunque estemos llegando con la luz de una certeza: Tú y Yo somos iguales

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nos debemos a una lengua.
Hablamos con ella cocida al paladar,
hecha de sal y milagro.

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Cerremos este mínimo acercamiento con un poema que retrata a César, a un ser des-leído –post-scriptum- que se desdibuja para entregarnos u ofrendarnos una experiencia vital, una sabiduría labrada a pulso… Pero antes… recordémoslo tal cual se lo expresó en entrevista a José Pulido[2]: «La felicidad primeramente está en buscar «la paz que sobrepasa todo entendimiento» (Fil. 4-7), a la que nos conmina el Espíritu Santo».

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Estaré adelante en una mesa
desvanecido, con la lumbre
del hacha en el entrecejo. Ese
que prefiere el silencio, dado
del todo a su mudez / puerta
adentro. Estaré sentado entre
palabras que me va dejando
una caligrafía entrecortada de
vacíos y puntos suspensivos.»

[1] Surghi, Carlos (2020) «Sola en lo alto, Emily Dickinson», en El jardín de los poetas. Revista de teoría y crítica de poesía latinoamericana. Año VI, n° 11. 
[2] César Seco: ‘Siempre estoy comenzando de cero’. Entrevista de José Pulido,
https://www.crearensalamanca.com/cesar-seco-siempre-estoy-comenzando-de-cero-entrevista-de-jose-pulido/

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J.

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José Javier León. Maracaibo, 1971. Licenciado en Letras por la Universidad del Zulia, con una maestría en Literatura Venezolana. Reside en Maracaibo y ejerce como docente en la Universidad Bolivariana de Venezuela. Ha publicado tres libros de ensayo: Al Margen (2002), El arte de envejecer discretamente (2004) y La noche definitiva: Elías David Curiel y sus contemporáneos (2021), este último galardonado con el premio Stefanía Mosca en la categoría Ensayo (2020). Entre sus estudios figura el prólogo «Demonio Octaedro (Una lectura de Aben-Almulek)», publicado en Separata de la revista Poesía, además de numerosos artículos que han aparecido en periódicos, memorias, revistas de divulgación y científicas, así como en diversas plataformas digitales. Actualmente coordina la Editorial Urgente.

La imagen que ilustra esta publicación es el detalle de una obra realizada por la artista venezolana Eysar Vargas

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