(Texto leído en la presentación realizada en el Pesebre de Canchancha, el 06 de enero de 2026)
Hoy participamos en el cierre de un ciclo que es, sin duda, la apertura de otro: mucho mayor, inmenso, inagotable. Un ciclo que la obra de Lydda viene abriendo desde que sus poemas atronaron —estruendo mudo, si lo decimos con César Vallejo— en el escenario poético regional y nacional.
Este paso que hoy damos nos acerca a la posibilidad de que toda su obra sea más y mejor conocida. En ello debemos empeñarnos, porque este homenaje que nos reúne abriga —se los comento aquí entre nos— el sueño de crear un espacio para el conocimiento y la valoración de su poesía en todos los registros y voces que la caracterizan.
Hay tópicos recurrentes que ciertamente no la desdicen, pero tampoco revelan todas sus dimensiones. Aspectos que, al ver su obra completa —repito, aún inédita como unidad—, no siempre son captados porque responden a una reflexión elusiva sobre el poema, la lectura, la realidad, el ser y la especulación en el sentido más etimológico del término. Una reflexión que desplegó a lo largo de sus libros, en intersticios, veladuras, tramas y hendijas, y que parece reclamarnos una lectura silenciosa.
Una lectura que, paradójicamente, al ir al ser, nos alcanza y cala hondo a todos y a todas. Como dice Roberto Juarroz: «Existe un alfabeto del silencio, pero no nos han enseñado a deletrearlo». Más o menos a eso me refiero.
En ese sentido, Lydda es poco conocida. Nos toca recordarla cuando «atraviesa una penumbra de cristalerías», y más aún, estudiarla. «Vean mi realidad más pura en el límite», dijo en Las armas blancas. «Soy la que se interna en oquedades», dijo en Una, «la que sin pulso amaga».
Y como señala Ana Felicia, su obra es «una construcción a conciencia de una multiplicidad de voces que serán su propuesta y su apuesta por la mujer y por la poesía, desde una visión que no cabe en los patrones de domesticidad». Ese es su hilo argumental, el que da cuenta de las marcas que todas y todos reconocemos en su poesía, y en la que nos sentimos interpelados cuando dice:
«quién
los manda
a rebuscar en mis tinieblas
a olisquearme los
umbrales
a quedarse postrados»
Una somera revisión en buscadores académicos revela cerca de cincuenta trabajos entre estudios críticos y de contexto, además de traducciones de sus textos a otras lenguas. Sería interesante inaugurar —como una suerte de regalo prolongado de cumpleaños— un espacio autogestivo e independiente en el que cada año, en una fecha puntual, nos encontremos para reseñar, recopilar, clasificar y, en general, reflexionar sobre su obra y lo que se ha dicho, escrito e investigado sobre ella.
Un espacio que abone y haga imperiosa una edición consolidada de sus poemas, considerando que contamos con el archivo que ella legó, con tachaduras, omisiones y manuscritos como este, A/Leve, que hoy bautizamos.
Se han hecho importantes esfuerzos antológicos —el de Monte Ávila, el de la Biblioteca de los Consejos Comunales, la coordinada por el poeta Pedro Cuartín y la más reciente, Manifiesto desesperado de Mujeres en estado interesante, de Nila ediciones—. No obstante, no cabe duda de que es preciso que todos sus poemas lleguen a los tomos correspondientes, para tener una mirada integral e íntegra de su tránsito poético, que tantas lecturas suscita.
Propongo,
en el marco de este día, a 83 años de su nacimiento, un encuentro
para estudiar su vida y obra.
Un
encuentro animado por el recuerdo del dinamo de aquellos encuentros
literarios que entretejían la literatura en el occidente del país,
Enrique Arenas.
Hagámoslo. Tenemos todo para hacerlo.




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