A cada cochino le llega su hora


 

Hugo Chávez ganó las elecciones en diciembre de 1998 y, apenas en diciembre de 2001, la oposición convocó un paro petrolero en rechazo a la Ley de Hidrocarburos, que elevaba en un 30 % las tributaciones de las transnacionales. En la lógica de Estados Unidos, aquello significaba comenzar a perder lo que durante un siglo habían considerado de su propiedad absoluta.

En 2002 se produjo el golpe de Estado, pero al cabo de 48 horas Chávez regresó en medio del desconcierto de los golpistas, quienes ya daban por hecho que el petróleo volvería a manos de Washington. Ante ese fracaso, la oposición impulsó un nuevo paro petrolero que se extendió desde diciembre hasta marzo, cuando el pueblo venezolano logró asumir directamente las operaciones de PDVSA, rompiendo la dependencia de los centros de control que se encontraban en Estados Unidos.

Desde entonces, puede afirmarse sin lugar a dudas que lo han intentado todo: incluso asesinar a Chávez y apostar a que con Nicolás Maduro la tarea sería más sencilla. Sin embargo, se encontraron con un presidente que, desde el inicio de su mandato, ha debido enfrentar violencia extrema en las calles, medidas coercitivas unilaterales, bloqueo y asfixia económica.

Chávez solía decir que, aun si el petróleo se pusiera en cero, la Revolución no caería. Esa prueba llegó bajo Maduro, y la respuesta fue contundente: la Revolución no solo resistió, sino que, tras el golpe de timón y el viraje económico de 2018, Venezuela produce hoy más del 90 % de lo que consume, mientras la industria petrolera ha sorteado los ataques y día tras día recupera su producción.

Por eso, derrotada la oposición fascista y expulsada del escenario nacional, Estados Unidos, en su desesperación, no encuentra otra salida que intentar robar directamente el petróleo y declarar de manera demencial que le pertenece. Han llegado al límite. Solo les queda la derrota final, como en Bahía de Cochinos, donde la soberbia imperial fue vencida por la resistencia popular. Porque, al fin y al cabo, a cada cochino le llega su hora.

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