El emigrante veneciano, un libro para recordar


Hoy, 22 de agosto, tuve la oportunidad de presentar en la Librería del Sur Berta Vega el libro de relatos El emigrante veneciano, de Artemio Cepeda, publicado por la Editorial Clío. Se trata de un conjunto de narraciones cuyo hilo argumental es la memoria familiar, que para alguien del Sur del Lago y nacido en 1952 es también la memoria de la tierra y del agua de una región que, tras un siglo de petróleo y asfalto, asiste y resiste al despoblamiento y al olvido. De ahí que libros como el de Artemio nos convoquen a la narración y a la voz de quienes hasta no más ayer bogaban en los ríos y en ese lago que, como un vientre acuífero, nos alberga y de alguna manera nos espera.

Artemio dice de Kuruvinda que tenía la memoria hacinada de recuerdos, y de eso adolece él también, y de eso va su libro: «lo que sí me mata son los recuerdos», afirma con la voz de Nicola, el emigrante veneciano que da título al libro.



En los relatos, la realidad está atravesada por el mito. Es una herencia literaria de Gabriel García Márquez, vecino de estos lares que colindan con la Guajira —venezolana y colombiana—, hermanos por ello de paisaje. Como señala Artemio: «Macondo es América Latina, y (…) todos los que tenemos la fortuna de nacer en el Nuevo Mundo somos hijos de Macondo». Sin el más mínimo interés de hacer a un lado esa enorme influencia, más bien la abraza y nos conecta con un tren que atraviesa también zonas bananeras y que desaparece cuando las carreteras irrumpen, cambiando la forma de moverse y de conectarse entre sí de los pueblos que vivían a la vera de sus raíles. Esa memoria está fresca y duele todavía. 

La escritura de Artemio es aluvional: frases que se suman una tras otra en un arrebato cadencioso y acumulativo, entregándonos visiones e imágenes que describen la realidad con crudeza, humor y hasta sorna. Está ocupado en hacernos entrega de un pasado en bloque, en masa, para que tengamos acceso a una Venezuela rural, agreste, profunda, que no suele aparecer en pantalla y que nos habla de nosotros en lo que tenemos de más adentro, verde y rumoroso.

«Ahora trato de olvidar todo en este pueblo profundo. —¿Por qué profundo, Nicola? —le pregunto. —Digo así, por lo apartado. Está lejos de Caracas, lejos de Maracaibo, y hasta del mundo».

Resalto las descripciones de ambientes como de inicios de mundo, de naturaleza antediluviana: «claros manantiales de agua dulce que regaban las llanuras, donde mis antepasados cultivaban de todo; incluso, en sus predios, según la memoria de mi pueblo repetida de generación en generación hasta mí, último sobreviviente, había tigres, panteras, anacondas; mariposas enormes, conejos gigantes, aves maravillosas de múltiples colores, ratas del tamaño de chigüires, águilas serranas y cóndores que anidaban en las cumbres del cerro Santa Ana, y sobre todo había lagartos gigantes que parecían dinosaurios que tenían la costumbre de aparecer solamente durante las noches de tormenta por las costas de Los Taques y Carirubana». 

Ese caudal tiene una contraparte memoriosa: la de las abuelas y abuelos, madres y padres, apegados a la tierra, y la de los descendientes que, como Artemio, escriben para no olvidar, para que la vida torrentosa no desaparezca.

Artemio Cepeda pertenece a una generación que hace apenas unas páginas atrás podía descorrer el árbol genealógico de una familia ante la sola mención de un apellido. Esos hilos apegados a las regiones, a las ciudades, pueblos y caseríos eran trenzados por los memoriosos de la familia, para quienes parecía no haber secretos y la existencia de todos era como un libro abierto. Sin embargo, esos nichos memoriosos —el patio y el solar, la cocina, el bohío y el zaguán— tienen una contrapartida hecha de barro y, cuando se rompe como una vasija de losa, los restos pierden conexión y las relaciones desaparecen. Ese es, en parte, el destino —o el presente— de nuestros jóvenes.

De ahí, insisto, la importancia de este libro de Artemio, cuyo nombre supone un contraespejo del drama que recientemente vivimos los venezolanos ante la emigración inducida. Porque Nicola ciertamente es emigrante y además veneciano, un eco de la incontrastable leyenda de Venecia como posible origen del nombre de Venezuela, y que como un bucle nos devuelve un corazón migrante que arraiga, que echa raíces, que prende y se irriga en cuentos sin fin.

Abridlo donde queráis, y la palabra hecha río se prolonga y desborda:

«La ciudad empezó a mermar en las adyacencias del puente España. El tranvía siguió una cuadra más hasta su parada en el abasto La Arancina, donde la mayoría de los pasajeros se bajó para seguir, unos a pie y otros en bestias, a los cerros de La Pomona; en cambio, otros tomaron un vagón conducido por voluntariosos borricos hacia los Haticos, entre ellos Saúl Fernández, donde vio grandes casas con jardines y amplios solares bajo bosques de palmeras mecidas por la brisa lacustre. Al igual que las anteriores que había visto, la vía a los Haticos estaba casi desierta, con escasas personas caminando al borde de los rieles».

En términos didácticos, El emigrante veneciano es, a su modo, un catálogo de técnicas para memorializar. Otra buena razón para leerlo y difundirlo. Primero, porque en él resuena un amplio cúmulo de lecturas —Shakespeare, la Biblia o el Quijote, entre otras tantas referencias del cine y la cultura popular—; segundo, por la sabia actitud de escucha. La memoria oral y la escrita se entretejen y entregan una a la otra:

«Los informes (…) los ha transmitido mi madre, en parte por petición mía y en parte porque con frecuencia se sienta en su mecedora a evocar bellos tiempos idos. Y aunque siempre los repite por el solo gusto de revivirlos, como quien atesora sus más gratos recuerdos, me encanta tanto volvérselos a oír que la escucho a placer. En cambio, las otras referencias de ellos son mudas, pero reveladoras de sus aspectos físicos: las fotos del Álbum Familiar que vienen siendo crónicas gráficas del pasado».

¿Tenemos tiempo para seguir escuchando el pasado? Perder ese tiempo sería borrarnos. Qué distinta la sal del olvido, a las formas de olvidar que son recuerdo hecho rescoldo, nostalgia, amasijo de corazón y alma en desvelo:

«...al preguntarle a mi madre si recordaba el patio de aquella casa donde vivió pocos meses recién casada con mi padre, noté que se quedó unos segundos en total silencio, sentí que su mente se fue de retorno a su lejano pasado juvenil, y cuando volvió me miró con los dos bellos luceritos mustios de sus ojos casi centenarios, y como sintiendo pena de no poderme complacer, me dijo titubeante: - No, no, mijo, ya no recuerdo eso -.»

Artemio Cepeda nos ayuda y enseña a escuchar para escribir, para salvar y salvarnos. En el plan memoricida que nos imponen la realidad y los tiempos que vivimos, evocar es resistencia y posibilidad de vencer. En tiempos de desarraigo y crisis migratorias, este libro nos devuelve la certeza de que la palabra es hogar y que la memoria, cuando se comparte, se convierte en territorio común.

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