El cielo a los pies y el lago arriba

 


Repetimos lo que deseamos. Si hacemos que aparezca una y otra vez, tal vez permanezca, se quede para siempre. Pero el gesto impone su límite: no podrá ir más allá del espacio dado. Queda, no obstante, la posibilidad de que siga existiendo si se le impone un ritmo —un, dos, tres—, una secuencia, pasos como de baile. Entonces, lo que se repite seguirá danzando en el espacio, afirmando su presencia hecha canción.

Una de las estrategias de Alejandro Vásquez para que lo visto no se borre es hacerlo resonar. Metáfora que encuentra en el marullo, en las ondas y olas del lago: un cuerpo de agua dócil a la duplicación infinita, a lo que es una vez y retorna de otra forma, rompiendo en las piedras, en la orilla, como lo ha hecho desde tiempos inmemoriales y lo sigue haciendo hoy, a los pies de nuestra presencia finita y efímera.

Las imágenes llegan en forma de presencias —humanas, animales, vivas o muertas—, en objetos compuestos y descompuestos, con intención estética o sin ella, a la buena de Dios. En luz convertidos o en materia que da cuenta de nuestra constante desaparición.

Nos hallamos entre distintos estadios del bitumen, así como en diversas maneras de estar y de ser testigos: el que mira a la distancia, el que contempla y el que fija la mirada de facto —a veces en las sombras avistamos como diluido su autorretrato—, convirtiendo en «ya» lo que no será más, sino ahí, en el instante puro de la imagen.

En el juego de la repetición y los dobles, el poeta Udón dijo:

«El cielo es como el Lago: en níveos tules

de la espuma copió los alabastros...

y finge tal mi mente pensativa,

 

que bogo entre dos lagos siempre azules,

que voy entre dos cielos llenos de astros,

o hay un cielo a mis pies y un lago arriba.»

 

Cielo y lago: la espuma copia alabastros y finge operaciones mentales. El lago copia el cielo y el cielo el lago. Juego de espejos y de huellas: las cosas se reflejan, se evocan y se devoran. La mirada «camina del cielo al agua», escribe Alejandro en «Mirás el horizonte». «Con la mirada seducida por la inmensidad del lago que espejea la ciudad», añade en «Los sueños son para que el corazón descanse». 

Y como en sueños que son imágenes: las olas reproducen las sábanas y las almohadas, de una habitación donde las telas rebullen. Una botella cuelga de un hilo, que al final se rompe. Una muñeca flota y, en el espejo, flota un corazón de plástico. La luna deriva en la superficie ondulante en forma de balón.

No son destinos irrepetibles, sino momentos fugaces —y diacrónicos— que se complementan y se encuentran para seguir existiendo, proyectándose uno en el vacío del otro. Como las manos que se juntan: una vacía mientras la otra sostiene alevines.

Así la vida; entre todo y nada.

José Javier León

Maracaibo, Isla Dorada. Agosto de 2026




* Texto escrito para la muestra fotográfica Una vez un lago, de Alejandro Vásquez y Juan Ordóñez, en el Centro de Bellas Artes, el 4 de septiembre de 2026.



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