Mary Fernández, o la revolución (de los) invisible (s)



José Javier León
Maracaibo, 11 de diciembre de 2018

Hay un signo sencillo y discreto que, al menos a mi, me pone sobre la pista de saber si estoy o no cerca de una revolución: se atiende al desvalido, se protege a los niños, a los ancianos, a las mujeres. Es decir, si los últimos de siempre se tornan los primeros en la hora de las reivindicaciones, estamos cerca; si al contrario se privilegia a los poderosos, estamos lejos, muy lejos.

Claro, se puede apoyar a los poderosos a la chita callando, hacer como si nada pasara mientras suceden las cosas más terribles. Lograr que lo injusto no salga a la luz, que quede ensombrecido, embarullado, que se digan tantas cosas y que ninguna parezca cierta o confiable para no dar crédito a nada, es la estrategia más expedita y más a la mano: además, tienen los medios en sus manos.

Resulta más fácil si están dadas las condiciones para que todo se mezcle y confunda. Como ocurre aquí en la frontera, tierra sin ley donde se impone la del más fuerte.

Los factores que ostentan el poder y la fuerza en la frontera han controvertido el signo de la revolución, han hecho que los últimos sigan siendo los últimos, lo cual consiste en mantener el status quo histórico y colonial: ante los derechos ancestrales de los indios desterrados, imponer la fuerza bruta del blanco tierracogiente. Esta imposición debe permanecer en la sombra (propiciada por el monte y la selva, por lo lejano e inhóspito) y no llegar sino distorsionada a la luz -no de la razón, sino- de la ciudad-capital rectilínea y uniforme, desde donde el gobierno apolíneo dispone y despacha.

Desde este lugar el poder (sin poder en la frontera, repito) escribe la historia. Para este poder, el último indio en caer fue Guaicaipuro, ni siquiera históricamente Nigale sino el indio más cerca del heredado poder central. Nosotros desde aquí, desde esta periferia, decimos que el último indio en caer -por ahora- ha sido Sabino. Y decimos más, la lucha sigue -a pesar de la clausura que buscan imponer ciertas consignas- porque están sus hijos y las mujeres reales, concretas e históricas, que defienden y luchan por su territorio.

Pero si Sabino, ante la luz de la razón oficial, no supo ser leído ni oído porque era una voz propia de indio vivo e insurrecto, demasiado semejante al que se enfrentó a los poderes fácticos de la colonia pero esta vez y otra vez haciendo viva la historia que más duele, más difícil e intragable es la de una mujer, la de una cacica y su hija que aparezcan con su cuerpo perseguido y torturado denunciando al poder machista y patriarcal, que en la frontera se reviste de autoridad única y se crece con la tierra que roba y usufructúa por encima de lo que sea, a costa de lo que sea.

A la luz razonable de los medios, nada mejor que una Milagro Sala en la distancia; en la oscuridad, donde se cocinan los crímenes que protegen el tráfico de ganado y el robo de tierras, nada más apropiado que mantener callado el nombre de Mary Fernández, y el nombre de la cacica Carmen, el nombre de Sabino. Nada como mantener en sordo silencio la lucha por el territorio Yukpa mientras la luz mediática se ocupa de Berta Cáceres o de los territorios mapuches en la distancia feliz de las causas justas.

Hay revolución si los últimos son los primeros. Si los indios son primero y de entre los primeros, las mujeres y sus hijos. Visto así, es muy fácil saber de qué lado de esta historia estamos.


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